El matrimonio cristiano forma especial de la fraternidad cristiana

Las lecturas de hoy sobre el matrimonio coinciden afortunadamente con el momento en que la Iglesia va a reunirse en Sínodo para dialogar sobre él y ayudar a los cristianos a vivirlo en toda su riqueza, de acuerdo con plan de Dios explicado por Jesús.

La segunda lectura ofrece un telón de fondo que ayuda a comprender la enseñanza de Jesús en el Evangelio. Recuerda que Jesús, asumiendo por la encarnación la naturaleza humana, ha querido hacerse hermano y solidario de todos, compartiendo nuestras debilidades, menos el pecado personal, pero “echando sobre sí el pecado del mundo”. La finalidad de esta encarnación es hacer posible el plan de Dios Padre, que quiere ejercer su paternidad de forma especial en el corazón de todos los hombres. Para ello es necesario que se conviertan de ídolos y le acepten como padre, participando así su filiación. Este es el Reino de Dios, un mundo de fraternidad universal, en que los hombres aceptan a Dios como padre y viven fraternalmente entre ellos. Para hacer posible este proyecto, Jesús vivió la fraternidad con entrega total, hasta el punto de dar su vida por todos. El Padre lo ha resucitado, confirmando su obra. El resultado es el envío del Espíritu Santo, que transforma el corazón de todos los que aceptan a Jesús, convirtiéndolos en filiales y fraternales, totalmente entregados al Padre y a los hermanos. Los que por el bautismo reciben este don forman la Iglesia, que es comunión de hermanos, que unidos a Jesús, el hermano mayor, viven de cara al Padre. Esta comunión de hermanos admite muchas formas sociológicas concretas, comunidades locales, parroquiales, de personas consagradas… El matrimonio es una forma concreta de vivir la fraternidad cristiana, más aún, es forma privilegiada, pues Jesús la ha convertido en símbolo de su entrega al mundo.

Evangelio recuerda que Jesús enseña que el matrimonio es indisoluble como consecuencia de esta fraternidad. Es interesante constatar que los fariseos preguntan a Jesús para ponerlo a prueba, ¿de qué? En aquel contexto todos los judíos admitían el hecho del divorcio, solo discutían las diversas motivaciones para llevarlo a cabo. Para ellos la mujer es una “cosa” comprada por el varón en el acto del matrimonio y, como posesión suya, puede desprenderse de ella cuando quiera. Los fariseos saben que Jesús ha cuestionado este punto de vista, generalmente aceptado, y le tiran de la lengua para que lo manifieste públicamente y provocar así el rechazo de los oyentes. Jesús responde preguntando: “¿Qué os ha mandado Moisés”? Dice os, no nos, es decir, no se incluye en la pregunta. Y es que Moisés escribió esto no para todos los judíos, sino para un grupo especial, los duros de corazón. Por eso, cuando le responden que Moisés permitió divorciarse, Jesús les comenta: “Por vuestra terquedad dejó Moisés escrito este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer...”. Es decir, esta concesión de Moisés no se debe al plan de Dios sino a la dureza del corazón humano. El divorcio no es un ideal de perfección humana sino una exigencia de un corazón duro.

La primera lectura remite al texto citado por Jesús, Gén 2. Afirma primero que no es bueno que el hombre esté solo y que por eso Dios va a crearle la compañera adecuada. Sigue el desfile de animales, en los cuales el hombre no encuentra esta compañera. Se trata de una escena polémica para afirmar que la mujer no es un animal de carga. Finalmente Dios crea la compañera tomando parte del costado del varón y termina con la exclamación gozosa del hombre, que reconoce la igualdad entre ambos y la atracción mutua que tiende a restablecer la unidad primitiva. En el plan primitivo de Dios, inscrito en la misma naturaleza, el matrimonio tiene como finalidad completar como personas a varón y mujer, plenitud que se traduce en fecundidad. Con la llegada del reino de Dios esta plenitud fecunda es una forma de vivir la fraternidad cristiana. Los dos son iguales, de la misma dignidad, pero diferentes y complementarios, llamados a formar una unidad de amor. En este contexto está excluido todo divorcio, no solo por iniciativa del varón, ni también por iniciativa de la mujer, como explicitan las últimas palabras de Jesús. Por ello afirma Pablo que la donación mutua matrimonial es signo del amor de Cristo a la Iglesia y de la Iglesia a Cristo, amores totales y definitivos, que excluyen todo tipo de divorcio (Ef 4,21-33).

El sacramento del matrimonio da la gracia para realizar esta tarea, pero es necesario colaborar con ella. Realmente el matrimonio cristiano no es un juego, sino una decisión seria y consciente, que sabe lo que busca y a lo que se compromete. Por otra parte, implica colaborar con la gracia del sacramento alimentando cada día el amor y haciendo que vaya creciendo en gratuidad y acomodándose a las circunstancias cambiantes de la vida matrimonial.

Desgraciadamente algunos matrimonios fracasan o porque no ha habido nunca verdadero matrimonio o porque los cónyuges no han sabido alimentarlo. Será uno de los temas que quiere abordar el Sínodo. Hemos de pedir al Señor que ilumine sus deliberaciones para ayudar a estos hermanos en su situación difícil.

La celebración de la Eucaristía es celebración de la fraternidad cristiana. Como Cristo se entrega a cada uno, hemos de entregarnos unos a otros en nuestra situación y estado concreto.

 

Primera lectura: Gén 2,18-24: Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre

Salmo responsorial: Sal 127,1-2.3.4-5,6: Que el Señor nos bendiga durante los días de nuestra vida

Segunda lectura: Hebr 2,9-11: Cristo no se avergüenza de llamarnos hermanos

Evangelio: Mc 10,1-16: Lo que Dios ha unido no lo separa el hombre

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