Marcos 13,33-37. Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa.

Con este domingo primero de Adviento, iniciamos un nuevo año litúrgico. Es una invitación acompañar los misterios de la vida de Jesucristo, preparándonos para volver a celebrar y vivir su primera venida entre nosotros, su mensaje, su salvación en el anuncio y la praxis del Reino de Dios inaugurado en Él mismo. Será el evangelista San Marcos quien nos guiará en este precioso itinerario de entrega, pasión, muerte y resurrección.

Es un tiempo de Vigilia. Este domingo marca la síntesis del contenido de todo lo que será este tiempo. Nos llama la atención para estar vigilantes ante la inminente venida del Señor. Isaías reclama al Señor por endurecer el corazón del pueblo. Pero a renglón seguido confiesa públicamente que no hay un Dios fuera de él. Que siempre acompaña al que se acuerda de sus caminos y practica la justicia y el derecho. A fin de cuentas no somos más que barro en las manos de Dios. Pablo anuncia a los Corintios la esperanza de la revelación de Jesucristo, quien fortalece la fe, llama a participar de la vida plena y permanece fiel. Marcos invita a la vigilancia para que el día del Señor no nos encuentre adormilados.

Jesús quiere como a sus discípulos hacernos unas recomendaciones que también nos sorprenden. Tenemos que mantenernos despiertos. Si cada día estamos embargados por las preocupaciones más superfluas, lo más seguro es que se nos pase la hora apropiada para realizar la misión que Jesús nos encomienda. Los misioneros han de concentrarse en la misión y todos los somos por el bautismo. También como los profetas debemos enfrentarnos a las adversidades, el rechazo o la indiferencia.

Jesús, en el evangelio, nos enseña a estar en guardia contra los que creen que las enseñanzas cristianas son algo superfluo. El evangelio debe ser proclamado donde sea necesario, debe ser colocado donde se vea, debe ponerse al alcance de todos. La verdad por la que Jesús vivió y murió no puede estar a atada a nuestros temores. Si, por miedo o equivocación, negamos nuestra identidad cristiana o nos contentamos con ser uno más del montón, no estamos haciendo nada por nosotros, ni por la comunidad ni por Jesucristo. Nuestra misión es hacer del evangelio una lámpara que ilumine el camino de la vida y nos mantenga en actitud vigilante.

No podemos dormirnos sobre recuerdos o fotografías del salón en la que se nos muestra como infantes en la primera comunión. Debemos mantener siempre viva la lámpara del testimonio para que ilumine no sólo nuestro camino, sino el de toda la comunidad. De lo contrario, perderemos incluso lo que hemos atesorado. Porque el evangelio no crece en nosotros si está relegado al último lugar de nuestra existencia o si es una actividad complementaria. El evangelio debe ser una fuerza transformadora que nos convierta en antorchas de la luz de Cristo en un mundo de oscuridad.

Ramón Carlos Rodríguez García, párroco de la Loma de El Ejido.

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