Los bienes a la luz de la palabra de Dios

Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza, con capacidad de conocer racionalmente y de querer libremente. Dios no quiere que actuemos como autómatas, igual que los animales, solo impulsados por sus instintos, sino de forma racional y voluntaria, sabiendo y queriendo lo que hacemos. Por eso nos exige ser responsables y nos pedirá cuentas de nuestras acciones.

Para conocer la realidad nos ha dotado de entendimiento racional, que debemos cultivar, pero no solo eso, nos ha dado mucho más. Como hijos suyos, nos ha dado la posibilidad de conocer la realidad de forma parecida a la suya, de forma más real y auténtica. Este medio es su palabra, contenida en la Biblia, y acogida por la fe. Puedo mirar la luna con los ojos y ver una realidad, pero se puede ver mejor esa misma realidad con un telescopio, que incluso puede corregir alguna imperfección de la simple visión ocular. De por sí no hay contradicción entre las dos miradas ni debe haberla entre la visión natural de la realidad y la visión de la fe, que la perfecciona.

Las dos primeras lecturas de hoy hablan de la importancia de este conocimiento. La primera es un trozo de una oración de Salomón pidiendo la gracia de poseer la sabiduría divina, que le capacite para ver las cosas como son y poder así ser un buen gobernante. La segunda describe las virtualidades de la palabra de Dios que « es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo », pues ayuda a conocer la realidad y además da fuerza para llevarla a cabo. De aquí la necesidad que tenemos los cristianos de “baños de palabra de Dios”, que vayan transformando la forma de pensar a la luz de la palabra de Dios, como aconseja san Pablo: « No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.»

Un buen propósito para este comienzo de curso es conocer mejor la Biblia o una parte, como los Evangelios o las Cartas de san Pablo.

Durante estos días se celebra en Roma un Sínodo dedicado a iluminar los diversos problemas que plantea hoy la familia y la vida matrimonial a la luz de la palabra de Dios, que es la guía que Dios nos ha dado para hacer su voluntad, cuya única finalidad es la felicidad del hombre y el bien de la humanidad, evitando deformaciones que solo conducen a la infelicidad humana y a daño para la humanidad.

Uno de los factores que causa deformaciones en la escucha de la palabra de Dios es el dinero, como pone de relieve el texto del Evangelio. Una persona pregunta qué tiene que hacer para heredar la vida eterna. Jesús responde con los mandamientos relacionados con el prójimo, lo que equivale a decir, vive haciendo el bien, sin hacer daño a nadie, vive amando. Esto es necesario para todos. Cuando la persona le dice que ha hecho todo eso desde pequeño, tiene lugar algo importante: Jesús se le quedó mirando con cariño y como consecuencia de esta mirada le ofrece una vocación especial: vivir los mandamientos en el seguimiento físico de Jesús lo que implica que deje sus bienes y los comparta con los pobres. El invitado frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Los bienes le han impedido aceptar la vocación de Jesús. Jesús comenta el hecho: los bienes crean fácilmente tal apego a ellos que impiden la entrada en el Reino, es decir, en la vida filial y fraternal propia del Reino, pero con la gracia de Dios se puede superar, porque Dios lo puede todo.

La persona que absolutiza los bienes no puede vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. Hoy día vivimos en una cultura ambiental que absolutiza los bienes, pisoteando los derechos de personas, familias y sociedad y condicionando su forma de vivir. En concreto, como indica el Instrumentum Laboris del presente Sínodo (nº 70-74) condicionan la familia la actividad laboral (horarios y ritmo de trabajo, precariedad del trabajo, salarios…) organizada por una economía que no tiene en cuenta las necesidades de la familia como Dios la quiere. Por ello los cristianos, junto con todas las personas de buena voluntad, hemos de trabajar por un mundo y una economía, iluminados por la palabra de Dios y organizados en función del bien común de las personas, de la familia y de toda la sociedad.

La Eucaristía es presencia de la Palabra hecha carne, que por nosotros murió y resucitó. Es la Palabra viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Unidos a él viviremos de acuerdo con la voluntad del Padre.

 

Primera lectura: Sab 7,7-11: En comparación con la sabiduría, tuve en nada la riqueza

Salmo responsorial: Sal 89,12-13.14-15.16-17: Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Segunda lectura: Heb 4,12-13: La palabra del Señor juzga los deseos e intenciones del corazón

Evangelio: Mc 10,17-30: vende lo que tienes y sígueme

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