el sacerdocio de jesús misericordioso

La palabra de Dios nos recuerda que Jesús fue constituido  sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec. La Biblia conoce dos tipos de sacerdocios, uno ritual, que se designa según el rito de Aarón, y otro existencial, llamado según el orden de Melquisedec (2ª lectura). Aarón fue hermano de Moisés y el primer sumo sacerdote del pueblo judío. Su sacrificio consistía en ritos externos en los que ofrecía a Dios cosas (animales, alimentos). Melquisedec, por el contrario, fue un rey sacerdote contemporáneo del patriarca  Abrahán y que los cristianos consideraron tipo y anuncio del nuevo tipo de sacerdocio existencial creado por Jesús, cuya ofrenda consiste en ofrecer el corazón, la vida.

La segunda lectura da una definición del sacerdocio. Como su finalidad es unir al hombre con Dios, ser sacerdote implica estar unido a los hombres y a Dios. Igual que el puente tiene como tarea unir dos orillas separadas, la tarea del sacerdote es unir la humanidad y Dios. Por eso se le llama también pontífice, que literalmente significa creador de puente. Jesús, en cuanto Dios hecho hombre,  cumple estas dos condiciones: une a los hombres, porque es hombre, misericordioso, que ha vivido una auténtica existencia humana, en todo igual a la nuestra, menos en el pecado, y, por otra parte, une a Dios, pues su humanidad fue aceptada por Dios en la resurrección. Su sacrificio no consistió en ofrecer ovejas y bueyes sino en ofrecerse a sí mismo, consagrando su vida a hacer la voluntad del Padre por amor.

El cristiano por el bautismo queda constituido miembro del pueblo sacerdotal, capacitado para unirse a Jesús y ofrecer su vida con él, haciendo la voluntad del Padre por amor. Unidos a Jesús podemos conseguir que nuestra vida sea agradable a Dios, aceptada por él y así tenga resonancia eterna. Esto implica vivir en la verdad, conociendo lo que Dios nos pide en cada momento y llevándolo a la práctica con su ayuda.

El relato evangélico ofrece pistas para vivir en la verdad y conocer la voluntad de Dios. La figura del ciego, que reconoce su ceguera y pide la curación a Jesús, es una invitación al creyente para que reconozca su ceguera y pida a Jesús que le haga ver su verdadero rostro para que le siga con ánimo a Jerusalén y poder así compartir su muerte y resurrección. En esta línea la 1ª lectura anuncia que en los tiempos del Mesías Dios guiará a la patria a ciegos y cojos, promesa que se ha cumplido en Jesús.  Jesús es luz y se entra en su mundo por medio de la luz: « Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida » (Jn 8,12).

El corazón tiene tendencias a inducirnos a  un autoengaño que justifique el tipo de vida que estamos llevando y la visión que tenemos de nosotros y de las cosas. Busca con ello una falsa paz, que en el campo religioso se traduce en un cristianismo amorfo y sin vida o en la negación de toda religiosidad.  El que ama el engaño, en él perecerá, pues “Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira  para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad” (2 Tes 2,11-12). Al contrario, al que busca sinceramente la luz de la verdad, Dios no se la niega. Para ello es básico que todos reconozcamos nuestras cegueras, mayores o menores, como primer paso para poder ver, reconocer a Jesús como Salvador y ser salvados por él: « “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos”.  Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: “¿Es que también nosotros somos ciegos”?  Jesús les respondió: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece”. » (Jn 9,39-41). El que reconoce su ceguera, acude a Jesús, pide ver, recibe la salvación y con ello la capacidad de seguir a Jesús por el camino con alegría.

Conocer la verdad es una tarea constante que hemos de afrontar, evitando las interferencias del orgullo, la avaricia, la ambición, el hedonismo... que impiden  reconocer a Jesús como salvador. Como dice san Pablo: “En otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor,  y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas. Cierto que ya sólo el mencionar las cosas que hacen ocultamente da vergüenza; pero, al ser denunciadas, se manifiestan a la luz. Pues todo lo que queda manifiesto es luz. Por eso se dice: Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo (Ef 5,8-14).

La Eucaristía es el momento central del ejercicio de nuestro sacerdocio. En ella se hace sacramentalmente presente el sacrificio existencial de Jesús y se nos invita a unir el nuestro a él. Supone que ya lo estamos haciendo y pedimos luz y fuerza para continuar caminando, siguiendo a Jesús por el camino hacia la Jerusalén celestial.

Primera lectura: Jer31, 7-9: Guiaré entre consuelos a cojos y ciegos

Salmo responsorial: Sal 125,1-2a. 2b-3.4-5.6: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres

Segunda lectura: Heb 5,1-6: Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec

Evangelio: Mc 10,46-52: Maestro, haz que pueda ver.

Pin It

BANNER01

728x90