de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.

El final del año litúrgico, al que nos estamos acercando, evoca en la liturgia el final de la Historia de la salvación. Hace unos días la liturgia recordaba  uno de los artículos finales del Credo: Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro,  hoy lo hace con otro íntimamente relacionado, el último de los artículos referente a Jesús que  de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.  A ello aluden directamente tanto el Evangelio como la 1ª lectura, ambos con un lenguaje figurado que quiere evocar que la historia está en manos de Dios, a la que pondrá punto final en un juicio en el que todos los humanos tendremos que dar cuenta a Dios de nuestra postura ante su oferta de salvación, juicio que  será seguido de la plenitud del reinado de Dios (1ª lectura) y todo ello por medio de Jesús resucitado, el que nos ha hecho esa oferta (Evangelio).

Expresar esta verdad de fe tiene sus dificultades, pues se trata de una realidad que tendrá lugar en el más allá. Por ello la Biblia emplea un lenguaje adaptado a nuestra forma de entender, comparando esta realidad con un juicio. Es un lenguaje que hay que entender adecuadamente. Se suele hablar de juicio,  que implica la última palabra de un juez sobre un asunto sometido a discusión, sirviéndose para ello de fiscales, abogados defensores y testigos. Lógicamente Dios no necesita ni fiscales, ni defensores ni testigos, pues conoce directamente nuestra vida. Por ello con este lenguaje solo se quiere afirmar que Dios, que conoce nuestro corazón, tiene la última palabra sobre nuestra vida, aceptándola o rechazándola. Para evitar malentendidos la Biblia también emplea la comparación del madurar de una fruta. Una manzana no aparece en un instante sino que es el final de un proceso de crecimiento en una rama de un manzano en que va recibiendo constantemente la sabia con la temperatura adecuada hasta que al final llega a la madurez, tampoco aparece en un instante un fruto seco o inmaduro sino que es el final de un proceso de no recibir la sabia o sufrir temperaturas inadecuadas.  Como el dueño de un árbol frutal elige en el tiempo de la cosecha los frutos maduros  y desecha  los inmaduros y secos, Dios hará con los que han madurado, cooperando con su gracia, y excluirá a los que no. Nuestra vida es un proceso en que tenemos que ir creciendo en el amor, que es lo específico de la  vida divina. Para ellos se nos dan todos los medios necesarios. Al final de la existencia, cuando devolvamos la vida a Dios, llevará consigo a los que han madurado en el amor y desechará a los que no, que se han  auto excluidos rechazando constantemente este amor. En este caso podría hablarse que unos se salvan y otros se condenan a sí mismos. Jesús emplea ambos lenguajes en el Evangelio hablando de juicio de Dios y de auto-juicio (Jn  3,17-18).

En esta línea está la exhortación de la 2ª lectura en que afirma que Jesús con su única ofrenda existencial ha perfeccionado definitivamente a los que van siendo consagrados. “Van siendo” implica que se va realizando poco a poco a los largo de la vida hasta llegar a la perfección. La vida cristiana es un proceso continuo de consagración a Dios por medio del amor, porque Dios es amor. Para ello Cristo resucitado nos ha conseguido todos los medios: en el bautismo nos unimos a él y por medio del Espíritu Santo nos ayuda a llevar a cabo una vida de servicio como la suya.

Para este proceso contamos con la misericordia de Dios, que nos comprende  y ofrece los medios necesarios, sin cansarse y con paciencia. Si pecamos y nos arrepentimos, nos perdona y da su ayuda para seguir adelante. No hay que oponer misericordia a justicia. Dios Padre es inseparablemente justo y misericordioso. Es amor puro y no puede aceptar ningún tipo de egoísmo, lo tolera y exige acabar con él.  Un médico no es misericordioso por hacer la vista gorda ante el mal de una persona para no hacerla sufrir, sino cuando pone remedio extirpando el mal de la mejor manera posible, ahorrándole sufrimientos. Igualmente Dios es enemigo de nuestros egoísmos, que nos destruyen, y en su misericordia nos ofrece ayuda para destruirlo a lo largo de la existencia tanto en los actos normales de la vida, realizándolos con amor, como en las desgracias que nos sobrevienen, que pueden ayudar a crecer en confianza, humildad, paciencia y amor.      

Creer en el juicio es una llamada a la responsabilidad, no al miedo. Dios nos ha hecho libres y dueños de nuestra vida, pero él tiene la última palabra sobre nuestra vida y sobre la historia. Por otra parte, es invitación al optimismo para los que peregrinamos en medio de un mundo egoísta, que parece dominado por el mal. Cristo en su resurrección ya ha conseguido el triunfo final. Ahora actúa como Dios oculto, cuando venga en su parusía se hará realidad en toda la creación su victoria. El final de la historia será positivo, el triunfo definitivo del amor y la fraternidad. Vale la penas arriesgar la vida por una causa que triunfará.

La celebración de la Eucaristía es presencia de Cristo resucitado mientras esperamos su venida gloriosa. En ella unimos nuestro sacrificio existencial al suyo y así vamos madurandoconsagrándonos.

Primera lectura: Dn 12,1-3: Por aquel tiempo se salvará tu pueblo.

Salmo responsorial: Sal 15,5.8.9-10.11: Protégeme, Dios mío, me refugio en ti.

Segunda lectura: Heb 10,11-14.18: Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

Evangelio: Mc 13,24-32: Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos.

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