Jesús ahora es rey, pero como Dios oculto

         En el último artículo de la fe sobre Cristo que recitamos en el credo decimos: “y de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin. La liturgia se hace eco de esta afirmación y termina el año litúrgico con la celebración de Cristo como rey. Es una confesión que choca con nuestra experiencia  que percibe que en este mundo que vivimos realmente reinan los intereses de la economía y de los grandes imperios, los intereses del egoísmo, no los del amor, propios del reino de Cristo. A pesar de esto, la fe cristiana profesa que Jesucristo es rey, ahora como rey oculto,  al final de la historia  como rey manifiesto. Las lecturas de la celebración aluden a estos dos realidades: por una parte, Daniel (1ª lectura) habla de un dominio eterno que no pasará y el Apocalipsis (2ª lectura) del príncipe de los reyes de la tierra, por otra, en el evangelio Jesús proclama  su realeza en contexto de humillación y fracaso ante Piloto. Esta escena de Jesús ante Pilatos es la que preside la vida de la Iglesia peregrina, que sirve al reino de Dios.

Toda la predicación de Jesús habla de esta realidad, especialmente en las parábolas, que hablan de reino de Dios como una realidad que ahora es pequeña, pero que en esta pequeñez esta oculta la grandeza del futuro (parábola del grano de mostaza), como un campo en que hay ahora trigo y cizaña, pero después habrá siega y solo quedará trigo (parábola de la cizaña), como  un sembrador que siembra sabiendo, que a pesar de aparentes pérdidas, al final habrá cosecha (parábola del sembrador)… Todo ello invita al optimismo, pero a un optimismo realista, sabiendo que Cristo es rey y que tiene las riendas de la historia en sus manos, pero todo esto como Dios oculto en un campo en que sus seguidores son un pequeño grupo, sociológicamente poco relevante, en medio de  cizañas y resistencias poderosas.

Solamente hay un reino, el reino de Dios. Jesús es rey al servicio del reino del Padre. Toda su vida gira en torno a esta finalidad que realiza de dos formas: en su ministerio terreno actuó al servicio del reino, primero como heraldo, pregonero, que anunciaba el plan de Dios con sus palabras y acciones. Anunció el comienzo del reinado y realizó milagros que, como signos, tenían la finalidad de manifestar de forma concreta qué significa que Dios comienza a reinar: cura para hacer ver que el reino de Dios es un no al dolor y que enjugará toda lágrima, resucita muertos para hacer ver que el reino de Dios es un no a la muerte y que resucitaremos, perdona los pecados para hacer ver que el reino de Dios es la transformación del corazón, se rodea de discípulos para hacer ver que el reino de Dios es creación de una nueva familia de hijos de Dios y hermanos entre ellos... Al resucitar de entre los muertos Jesús, en cuanto hombre, es la primera persona en que Dios reina plenamente, en cuanto que está plenamente bajo el dominio de Dios-amor, sin dolor ni muerte, glorificado. Por eso Jesús se convierte en personificación del reino de Dios.  Esto explica que la Iglesia centra su mensaje en Cristo resucitado y el que nosotros aceptamos el reino de Dios, aceptando a Jesús, uniéndonos a él y viviendo como él vivió. Ser discípulo de Jesús implica someterse al dominio de la voluntad de Dios, vivir amando y sirviendo.

Si reinar es ejercer un dominio sobre alguien, Dios-amor reina cuando ejerce su amor transformador sobre una persona y sociedad y las transforma. Dios ha creado al hombre libre y éste puede elegir entre una vida determinada por el egoísmo o por el amor. Jesús ofrece los medios para el perdón de los pecados y la transformación del corazón, que capacita al hombre a vivir para el amor. El que lo acepta es discípulo suyo, ya está dentro del reinado de Dios y al final lo estará plenamente, participando su resurrección. Al final habrá cosecha. Esta convicción debe animar al cristiano a “perder la vida” al servicio de los intereses de Jesús, sabiendo que es el mejor modo de “ganarla” en plenitud. Unidos a Cristo rey, somos miembros de un “pueblo de reyes”, señores de toda nuestra persona en la que debe reinar el amor y del mundo que nos rodea, al que queremos trasformar con nuestro ejemplo y palabras.

En la Eucaristía se actualiza el presente y futuro del reino de Dios y como pueblo de reyes y sacerdotes ofrecemos al Padre a Jesús y nuestra vida unida él, damos gracias por el reino y pedimos que seamos reyes de nosotros, de nuestro mundo y que el reino llegue a su plenitud, que es el centro de la oración del Señor que vamos a recitar como preparación a la comunión: Venga tu reino.

Primera lectura: Dan 7,13-14: Su dominio es eterno y no pasará

Salmo responsorial: Sal 92 1ab. 1c. 2.5: El Señor reina vestido de majestad

Segunda lectura:Apoc 1,5-8: El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de nuestro Dios

Evangelio: Jn 18,33b-37: Tú lo dices: soy rey

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