Con este domingo iniciamos un nuevo adviento. Bien es sabido que se trata de un tiempo en el que la Palabra de Dios que leemos no solo nos invita a esperar, sino que a la vez nos exhorta a estar bien dispuestos mientras esperamos. No es una espera pasiva. Desde nuestra atalaya de lectores sabemos que esperarnos a Alguien que va a venir y que hay que acoger.  ¿Cuándo va a venir? ¿con qué actitudes me debo preparar para acogerlo? Son preguntas a las que la palabra de Dios nos quiere responder en este tiempo.

Y en este primer domingo el evangelio va a aclarar dos cuestiones que son fundamentales. La primera es el motivo de la espera, ¿por qué debo vigilar? La respuesta de Jesús es clara, «vigilad, pues no sabéis cuando es el momento preciso».  Una lectura rápida nos puede hacer pensar que el Señor no revela ni el día, ni la hora, para hacernos vivir en el continuo temor. Y no es así, no se indica la hora, porque todas son buenas para abrirse al evangelio. La finalidad que pretende Jesús no es que andemos obsesionados con el final, sino que vivamos el presente con actitud de discípulos, solo así le podremos descubrir viniendo continuamente a nuestra vida. La liturgia habla de tres venidas del Señor; el mismo Señor que ha nacido en la humildad de un pesebre, y que vendrá glorioso la final de los tiempos, nos sale al encuentro cada día, en cada hombre y en cada acontecimiento para que los acojamos en la fe.

No obstante, para esto es necesario mirar el horizonte; saber hacia dónde vamos. Es cierto que la actitud con la que recorremos el camino de la vida depende en gran medida de la meta hacia la que nos dirigimos. Es tiempo para avivar la esperanza en un final feliz para la historia personal y la historia de la humanidad. Las promesas de Dios son firmes.   No podemos vivir sin esa esperanza, que es un surtidor inapreciable de fuerza. El que espera que su esfuerzo en el sendero de la vida merece la pena por la meta feliz, camina.

La segunda cuestión es la del «estilo» con el que debemos esperar. Aquí Jesús afirma que el dueño «encargó a cada uno de sus siervos su tarea». Nos propone, pues, una actitud de compromiso y laboriosidad hoy. Se trata de no vivir adormecidos, anestesiados por la rutina y la comodidad; sino la responsabilidad de tener que abrir puertas al Dios que nos sale al encuentro en los sacramentos y en el rostro de los hermanos, especialmente los de rostro menos atrayente.

Dicho así, pareciera que ambas cuestiones son solo resultado de nuestro esfuerzo. Pero la lectura del profeta Isaías deja al descubierto la actitud que debe estar en la base: «tú eres nuestro Padre, nosotros somos la arcilla y tú el alfarero, somos todos obras de tus manos», sabernos obra “inacabada” del Señor, necesitada cada día de una nueva remodelación. Adviento es tiempo de espiritualidad, de conversión y oración. No hay espera auténtica, ni vigilancia, ni mirada de fe y amor en el presente, si no estamos en las manos del Señor.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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