«Consolad, consolad a mi pueblo dice el Señor» (Is 40,1). Son las palabras con las que comienza la liturgia de este segundo domingo de adviento, y que, en nuestro camino personal de preparación, nos exhortan a una doble actitud. La primera es de escucha, debemos hacer silencio para acoger al Señor, pues es en la recepción de su palabra donde comienza la vida cristiana. La segunda es de proclamación, anunciar aquello que, primeramente, el Señor nos ha hecho experimentar. Escuchar y anunciar, es esta la tarea que caracteriza al profeta en la primera lectura. Habla a un pueblo que vuelve del destierro, y al llegar a su tierra contempla, exhausto y deprimido, la ruina y la destrucción en lo que había sido su hogar. En el nombre de Dios, el profeta se emplea en el grandioso esfuerzo por levantar el ánimo, la fe y la esperanza de su pueblo. ¿Se ha desentendido de nosotros? Dios no nos ha olvidado. La salvación es obra suya, por eso, en medio del dolor, el profeta anuncia la fidelidad misericordiosa de Dios que nunca lo abandona.

Es esta misma la tarea de Juan el Bautista en el evangelio. Él es también profeta que escucha y anuncia. Es la voz que nos invita a preparar el camino al Señor: ese Dios anunciado por Isaías, ya está cerca. Sus palabras son duras, pero iluminadoras para nosotros, que vivimos en un tiempo en el que el modo de prepararnos a la navidad sufre las consecuencias de una sociedad materialista. Y es que se siguen necesitando profetas, mensajeros de buenas noticias, cristianos al estilo de Juan que, con su palabra y su estilo, consuelen, en el nombre de Dios, a un mundo que todavía sufre demasiado. Nuestro Dios necesita siempre de “profetas”, que primero le hayan escuchado y no puedan callárselo.  Pero primero escuchar. Es inútil que Dios se siga empeñando en enviarnos portavoces, si no le queremos buscar ni oír.

Y ¿en qué consiste el mensaje? Juan habla de conversión para acoger al que viene. Adviento es tiempo de conversión. De lo que se trata es de aquel cambio interior que se traduce en frutos de buenas obras. Como vemos, no consiste en esperar cruzados de brazos. Juan nos invita a construir un camino. Eso sí, un camino que pasa por un lugar duro e inhóspito como es el desierto. Se hace necesario bajar esos montes y colinas que se han hecho inmensos por el pecado. Es necesario allanad valles y caminos que se han hundido por el orgullo, por la codicia y el olvido de Dios. Debemos apresurad su llegada. Y lo que puede parecer una tarea casi imposible, resulta que se realiza en pequeñas acciones, en gestos sencillos y compromisos cotidianos.

En un mundo como el nuestro, en el que sigue habiendo signos de cansancio, de dolor y de soledad, debemos invitar a la esperanza en que Dios viene a acariciar nuestra fragilidad y pecado con su misericordia. No somos nosotros los que nos salvamos a nosotros mismos. Es Dios quien ofrece la salvación al hombre. Pero a su vez esa salvación pasa por el hombre de hoy, en el sentido de que debemos ser instrumentos de su misericordia aquí y ahora. La salvación que comienza en la conversión personal, adquiere una dimensión comunitaria cuando nos dejamos movilizar por ese mismo amor, lo anunciamos y lo llevamos a la vida.

        

Francisco Sáez Rozas

Parroquia de Santa María de los Ángeles

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