Toda la escena del evangelio de hoy comienza con una pregunta por parte de los judíos a Juan, ¿tú quién eres? Es, ciertamente, una pregunta importante, pero rara vez nos la planteamos en profundidad. Juan, tuvo que responder a esta pregunta en un momento crucial de su historia, con ocasión de su encuentro con Jesús. Podría haber dicho que era el profeta más importante de Israel, o el mayor de los nacidos de mujer, podría haber incluso afirmado que era “otro Elías”; sin embargo, dijo que era “la voz que grita en el desierto”. No vive pare sí, sino para el que viene detrás. Es la voz que proclama, el signo que indica, es el precursor; no reclama para sí ni medallas, ni reconocimientos.

Su anuncio es desconcertante, «en medio de vosotros hay uno a quien no conocéis».  No podemos contentarnos solo con aprender doctrinas y teologías, sino que será necesario “conocer” a Jesucristo. Para la Biblia conocer es siempre algo íntimo, tiene que ver con la experiencia y con la propia vida. Encontramos, pues, en la liturgia una nueva llamada a la interioridad, a hacer del adviento tiempo de silencio y oración. Conocer al Señor no es solo conquista nuestra, sino de la gracia; es Él quien lleva la obra buena adelante: «que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente», si le dejamos. Pero volvamos nuevamente a la advertencia del Bautista, podemos no reconocer a Dios, tanto tiempo esperado, solo porque no le distinguimos entre nosotros.

Por otra parte, es muy peculiar la presentación que se hace de Juan el Bautista en este evangelio; si el domingo pasado era presentado como un predicador de la conversión y de la penitencia, hoy aparece como “el primer testigo” de Jesús. Carece de títulos y de reconocimientos oficiales, pero, precisamente, es esta humildad y espíritu de servicio, lo que lo hacen grande. Naturalmente, el testimonio no consiste solo en hablar. No se trata de defender con argumentos determinadas ideas o doctrinas; se trata de ser testigos, de ser hombres y mujeres que creen en él como salvador, y que aman como él.

Qué sentido adquieren en este contexto aquellas palabras del profeta, y que Jesús se aplicó a sí mismo, «el Espíritu del Señor está sobre mi […]me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desagarrados…». No es momento de resignarse ante un mundo cada vez más herido. Es tiempo de amar. No son necesarias obras enormes, sino pequeños gestos de amor. En el evangelio hay toda una teología de la ternura que siempre es curativa y que se concreta en caricias, abrazos, saludos, en gestos de perdón, de compartir…. Seguramente pasarán desapercibidos, pero, realizados como Él, son verdaderamente liberadores.

Por eso, en el corazón del testimonio del Bautista encontramos la otra gran enseñanza, procurar allanar el camino del Señor, hacerlo recto ¿Qué es lo que tenemos que rectificar y allanar en nuestra vida y en nuestras comunidades, para que el Señor, verdaderamente, puede caminar por ella sin obstáculos?

Francisco Sáez Rozas

Parroquia de Santa María de los Ángeles

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