Al comenzar el tiempo de adviento me servía de aquella imagen del profeta en la afirmaba que somos barro en manos de Dios. Arcilla que necesita renovar cada día el que un día le dijimos. Y que mejor manera de renovarlo que mirando el “si” de la Virgen. Cuando Dios modelaba al hombre, dice Ireneo, que la imagen que le servía de modelo inspirador no era otra que la de su Hijo. Me atrevo a afirmar que también la Virgen estaba en el corazón del Padre cuando imprimió la “imagen” de su Hijo en cada uno de nosotros. Es por eso, que, al llegar a este último domingo de adviento, la liturgia propone que contemplemos a la Virgen María, Ella es la “mujer del adviento”.

Al escuchar la vocación de la Virgen en el relato de la anunciación, vemos que hay un momento que es de Dios. Lo primero que descubrimos es que la acción de Dios en nuestra vida no es fruto de nuestra capacidad, sino una acción gratuita de Él.  Las cosas de Dios no suceden según nuestra agenda, y cuando nos parece más oportuno, sino cuando llega el momento de Dios en nuestra vida.  Dios se fija en María, cuenta con ella para su plan de salvación; nada menos que ser el tabernáculo, el sagrario vivo de su presencia entre nosotros. Verdaderamente, a veces, nos pide algo que parece estar más allá de nuestras fuerzas y posibilidades. Cuando Dios desvela su plan a la Virgen, lo primero que le dice es “no temas María”. Dios es el primero en saber que lo que nos pide es superior a nuestras fuerzas, por eso, enseguida, nos dice que no hemos de temer, porque no es algo que dependa de nosotros solos, sino que es fruto de la gracia de Dios.

Dios es quien realiza su plan en nosotros, no somos nosotros los que debemos encontrar la solución. Pero, a pesar de esta certeza, el relato evangélico nos muestra que Dios nos conoce, y sabe que la duda forma parte de nuestro modo de ser. Por eso le da a María una prueba: “Mira, también Isabel tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez”. La experiencia de Isabel nos muestra que para Dios nada hay imposible. Sobre todo, con ejemplos concretos de personas, hermanos nuestros, que han vivido, o que viven su fe con radicalidad en medio de las situaciones difíciles. Dios nos hace ver que también en nuestras vidas hay muchas personas como Isabel, con una fe inmensa y una generosidad desbordante, a las que hemos de mirar.  Además, nosotros podemos ser “Isabel” para los demás. Podemos ser también esa persona que, tocada por las manos de Dios, hace que de su esterilidad surja un compromiso de vida.

Por eso la respuesta de la Virgen María no podía ser otra: “He aquí la esclava del Señor, No nos pide Dios que nos sintamos preparados, ni capacitados para la misión que nos encomienda; solo nos pide que confiemos en que Él está con nosotros; nos pide que colaboremos con su gracia y le dejemos hacer. Como la Virgen entiende esto, ya no hay más preguntas, solo confianza y abandono.  María no sabe lo que sucederá, ni como sucederá, pero sabe que en Dios todo es posible, y Dios está con ella.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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