El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí nos encontrábamos con el anuncio liberador de Jesús, el Reino está cerca, Dios viene con misericordia a restaurar la vida en el hombre. Y el Señor nos invitaba, al igual que a aquellos primeros discípulos, a encontrarnos con los hombres, y acercarles esta salvación. Hoy contemplamos ya el primer acontecimiento liberador. Nos relata el encuentro entre Jesús y un hombre poseído que, ante su presencia, se pone a gritar. Todo grito es expresión de la presencia del dolor y del sufrimiento en la vida del hombre, y que pone ante nuestra mirada que el poder del mal está presente en el mundo.  

Y ¿qué hace Jesús? Se acerca a aquel hombre para liberarlo. En definitiva, en eso consiste el Reino, en hacer presente al amor de Dios donde está presente el sufrimiento y el pecado. Lo primero que se nos reclama es esta atención a las personas con las que vivimos, para no pasar de largo si nos encontramos con alguien que "grita", encadenado por el odio, la violencia, la codicia, o el alejamiento de Dios que nos limitan con demasiada frecuencia. Pero también es una invitación a mirar nuestra vida. Frecuentemente ignoramos qué cadenas nos atenazan, por eso es bueno preguntarnos por ellas. Sólo Él puede nos liberar.

En Jesús, descubrimos «un nuevo modo de enseñar, con autoridad». Su enseñanza no consiste solo en palabras, sino en hacer presente a Dios. Aquí es donde encontramos su novedad. Los letrados y escribas también eran "maestros de la ley", también enseñaban, pero su enseñanza sobre Dios se quedaba en exigencias rituales de pureza y en doctrinas, a veces estériles para la vida cotidiana del pueblo. Por su parte, la enseñanza de Jesús no consiste en dar discursos, sino que hace presente la salvación. En él, enseñar es salvar. Jesús, con su vida, con sus palabras y obras, privilegia la cercanía con el hermano. La santidad de Dios no puede ser amenaza contra el hombre pecador, al contrario, es la garantía en la que se funda la misericordia de Dios con el hombre, y a la vez, una invitación a que nuestra santidad también se exprese en el amor.

Además, su autoridad, fruto de la obediencia al Padre y de la preocupación por los hombres y mujeres, se despliega alcanzando a todos para que realmente podamos ser personas. Nadie es ignorado es su camino, mucho menos aquellos que sufren. Y este es el reino que Jesús hace presente, un mundo de hombres libres, que alcanzan su libertad en el Hijo de Dios. No obstante, en nuestro mundo siguen quedando muchos gritos que escuchar y atender, que brotan de soledades, de sufrimientos, de injusticias, de tantos demonios. El trabajo es amplio y difícil. Dios quiere contar con nosotros, hemos visto al inicio de su misión. Para ello es imprescindible fiarnos y fijarnos en Jesús. Y en su nombre acercar la misericordia de Dios al hombre, sabiendo que enseñar no es hablar bien, sino hacer el bien.

 

 Francisco Sáez Rozas

         Párroco de Santa María de los Ángeles

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