Nos cuenta el evangelio de hoy cómo era un día normal en la vida del Señor. Llama la atención comprobar que en su día a día no falta nada, se da la oración y el compromiso, la atención a Dios y la atención a la pobreza humana. La Palabra de Dios nos hace ir desde la sinagoga a una casa, donde nos encontramos con una mujer que está enferma. Se trata de la suegra de Pedro; ella representa a esa humanidad que se encuentra postrada por tantas situaciones de dolor y pecado. Los discípulos están preocupados, y así se lo hacen saber a Jesús. De ellos debemos aprender esa capacidad para interceder, para transmitir al Señor la preocupación por aquellas realidades que percibimos en nuestro ambiente.

Y ante la suegra de Pedro, Jesús realiza la primera curación que nos cuenta el evangelista Marcos. Devuelve la salud a la mujer, como un signo de que verdaderamente el Reino está presente, el amor de Dios es capaz de transformar la pobreza del hombre. Hay tres detalles en la escena de un gran significado. El primero es que cogió de la mano a la enferma. Un gesto entrañable y humano, que representa gráficamente el misterio de la encarnación; Dios que se despoja de su rango, se abaja y empequeñece, para levantar al hombre. Es este el segundo detalle: Jesús levanta a la enferma. Más adelante descubriremos que “levantar” es el verbo que el evangelista utiliza para expresar la resurrección. En efecto, Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegue a Dios.

El tercer detalle es la reacción de la enferma, que se puso a servirles. Quien se encuentra con Cristo, quien siente en su vida ese amor sin límites ni reproches, ya no puede hacer otra cosa que seguirle. El seguimiento cristiano no es solo una obligación que brote de nuestro bautismo, sino una necesidad, que surge en lo profundo del alma, cuando uno se encuentra con la misericordia de Dios. 

En cada jornada del Señor, nos dice el relato, también había tiempo para la oración. En los momentos importantes de su ministerio Jesús busca siempre ese momento de silencio, ese espacio de intimidad para orar al Padre. Así pues, mirando un día en la vida del Señor descubrimos hasta qué punto oración y misión van íntimamente unidas. Decía el papa Francisco a los seminaristas, novicios/as y vacacionados/as: «En efecto, nuestra misión pierde su fecundidad, e incluso se apaga, en el mismo momento en que se interrumpe la conexión con la fuente, con el Señor […].la evangelización se hace de rodillas. Sin la relación constante con Dios, la misión se convierte en función. El riesgo del activismo, de confiar demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Si miramos a Jesús, vemos que la víspera de cada decisión y acontecimiento importante, se recogía en oración intensa y prolongada. Cuanto más les llame la misión a ir a las periferias existenciales, más unido ha de estar su corazón a Cristo, lleno de misericordia y de amor. ¡Aquí reside el secreto de la fecundidad pastoral, de la fecundidad de un discípulo del Señor!» (Homilía del 7-VII-2013).

Francisco Sáez Rozas

  Parroquia de Santa María de los Ángeles

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