Leyendo los evangelios descubrimos muchos encuentros del Señor con distintas personas; son encuentros en los que, como decía San Agustín, contemplamos el sentido de la encarnación, que no es otro que el encuentro liberador entre la misericordia de Dios y la pobreza y pecado del hombre. De eso nos habla el relato de hoy, Jesús sigue anunciando en las ciudades cercanas a Nazaret la llegado del Reino, y lo hace, no solo con palabras, sino también a través de sus obras. Un leproso se acerca a Jesús. Sabemos bien qué representaba la lepra en aquella época. Era considerada una enfermedad terrible, con dramáticas consecuencias para quien la padecía, pues era declarado impuro por su enfermedad. Se los expulsaba del culto, se les negaba el acceso a Dios, la familia prescindía de ellos. Representaban, en definitiva, una humanidad marcada por el sufrimiento, la soledad y el rechazo.

Según el Antiguo Testamento, curar a un leproso era algo similar a resucitar a un muerto, en cuanto que solo Dios podía hacerlo (Nm 12,10-15). Es por ello que, entre los signos de la llegada del reino en los tiempos mesiánicos, estaba la curación de la lepra. Por eso, este encuentro nos desvela mucho acerca del misterio de la persona de Jesús, y de lo que significa su anuncio del Reino. Aquellos que han sido excluidos y rechazados, aquellos que experimentan el dolor de tantas formas, ahora son los destinatarios privilegiados de la salvación; Dios los mira y toca de una forma especial.

Contemplando la actitud de Jesús lo primero que llama la atención es su misericordia. Ante la petición del leproso no pasa de largo, nos dice el evangelio que «sintiendo compasión lo toco». No solo se conmueve y enternece ante su sufrimiento, sino que además se compromete en aliviarlo. Igual que el domingo pasado, vuelven a aparecer las manos. Unas manos que alzan y liberan. Mirando la actitud del leproso, descubrimos las cualidades necesarias en el camino cristiano. Su petición es muy sencilla «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Son palabras cargadas de humildad. Es una súplica que manifiesta la absoluta confianza en el poder de Jesús. Ciertamente, la fe implica plantearse la vida desde la certeza de que estamos en las manos de Dios, y esa fe es la que permite que la misericordia de Dios nos pueda transformar. Por eso tantas veces Jesús dice «tu fe te ha curado».

Al final hay algo en el leproso que nos desconcierta. Aun cuando Jesús le manda guardar silencio y no contarlo a nadie, pues no quiere que su mesianismo se malinterprete, él no puede callar. La experiencia del amor de Dios, que lo ha transformado, lo impulsa a ser su testigo con alegría. Es bueno volvernos a fijar en las manos de Jesús en este domingo, y pedirle que también a nosotros nos toque para que, liberados de tantos miedos y mediocridades, le sigamos con alegría como aquel leproso. Es bueno pedirle también que sepamos hacerle presente hoy a través de nuestras manos.

                 

                                                                        Francisco Sáez Rozas

                     Párroco de Santa María de los Ángeles

Pin It

BANNER02

728x90