El pasado miércoles iniciábamos la Cuaresma, este tiempo que es preparación para la Pascua del Señor, que nos ofrece la oportunidad de renovar nuestros compromisos ante Dios y ante el prójimo, en cuyo servicio nos mostramos como auténticos discípulos. Para alcanzar esta meta no hay que inventar nada nuevo, sino vivir en plenitud los medios que, desde siempre, la iglesia ha puesto para nuestro crecimiento. Es tiempo de practicar más asiduamente la piedad y las buenas obras; de perseverar en una oración más sincera para mejor sentir la proximidad de Dios; es tiempo de ayuno, para enseñarnos a ser más libres ante nuestras propias urgencias, siempre insaciables, y abrirnos así a la necesidad del otro. Pero, de modo muy especial, es tiempo de escuchar la palabra de Dios y percibir sus exigencias y proyectos sobre cada uno de nosotros.

Comenzamos este domingo acompañando a Jesús al desierto, que en la biblia significa lugar de la prueba y de la tentación, pero también del encuentro con Dios. Lugar donde experimentamos nuestra fragilidad y a la vez la ayuda de Dios.  Jesús es llevado por el Espíritu al desierto, Él es el Hijo de Dios, el mesías enviado para instaurar su Reino. Pero, ¿cómo llevar adelante esta tarea?  Es el momento de comparar lo que Dios quiere para él, con otras maneras de recorrer el camino de la fe. Se trata, en definitiva, de un choque entre dos formas de entender la vida cristiana: una que se funda en el poder, en el prestigio, en las soluciones fáciles y rápidas. La otra forma es la del servicio y la cruz, escoger el amor como el camino para hacer presente a Dios.

No empieza la cuaresma, pues, con un relato falto de exigencia, más bien todo lo contrario, pone ante nuestra mirada las tentaciones a las que cada día debemos hacer frente. La de buscar poseer más y más, hacer de lo material el objetivo absoluto de la vida, olvidando que el hombre se edifica a sí mismo cuando descubre que es más importante compartir que poseer, dar que acaparar. Y en una sociedad “de escaparate”, donde tanto importan las apariencias, podemos caer fácilmente también en la aspiración a buscar exclusivamente el éxito personal, confundiendo el servicio a los demás con el servirse de los demás. El riesgo es evidente, ponemos al Señor a nuestro servicio, de tal manera que terminamos por acomodarlo a nuestra forma de pensar; buscamos una vida sin riesgos ni compromisos. Un huir del mundo y no complicarnos.

Pero la verdadera fe actúa por la caridad, no conduce a la evasión, sino al compromiso cada día mayor en la edificación del Reino. Por eso Jesús, tras el desierto, hace presente con fuerza su mensaje: el Reino está cerca, Dios ha decidido acercarse a nuestra historia para salvarla y redimirla. Para acogerlo, se necesita convertirse y tener fe. Ciertamente la cuaresma es necesaria. Sería peligroso olvidar la propia fragilidad. Necesitamos mirar si el camino que recorremos en la vida es el que nos acerca a Dios; cuaresma es, en definitiva, tiempo para volver a unir todo cuanto el tentador ha roto en nuestra vida.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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