Si el domingo pasado nos introducíamos con Jesús en el desierto, hoy la invitación pasa por acompañarlo a otro lugar, esta vez se trata de una montaña. Si el desierto era el espacio del silencio, de la tentación; la montaña, con su soledad e inmensidad, será el lugar de la revelación de Dios, donde los ojos se aclaran, y podemos contemplar la realidad desde su mirada. El episodio de la Transfiguración se sitúa tras el primer anuncio de la pasión y muerte que Jesús hace a sus discípulos. Aquello tuvo que trastocar grandemente sus proyectos. ¿Cómo es posible que Jesús, siendo el Mesías, tenga que sufrir y morir?  Los discípulos siguen sin entender que no sea un Mesías triunfal, y ahora es Dios mismo quien confirma que el camino del amor, que ha elegido, es el camino correcto.  

La transfiguración es, pues, una experiencia en la que Jesús anticipa la resurrección en un momento de especial incomprensión para sus discípulos. Verdaderamente caminamos tras los pasos del Señor, pero esto no es impedimento para aceptar que la pasión forma parte, como una etapa más, del camino que debe seguir el discípulo. En el centro está Jesús, y a su lado aparecen Moisés y Elías conversando con Él. Es como si la ley y los profetas, a quienes ellos personifican, dieran la razón a Jesús: su camino no está equivocado. La salvación pasa por la entrega y el servicio.

Hay pues, que evitar el pesimismo, pero también el deseo de acomodarnos. Todos corremos el riesgo de instalarnos en la vida buscando seguridades, una vida sin sobresaltos que a veces nos hace olvidar utopías de juventud, para dejarnos atrapar en la comodidad. La tentación de querer quedarnos en la montaña es muy real. Pero es necesario bajar a la vida. El Tabor es una experiencia anticipada de la Pascua, de la vida en plenitud. Pero sólo un anticipo, porque enseguida habrá que “bajar” y comprometerse.

Este segundo domingo de cuaresma es una llamada a descubrir como en el corazón de la vida misma, cargada de dificultades y cruces, estamos llamados a experimentar la cercanía del Señor. Cuaresma nos habla de buscar esos espacios de silencio, de oración, de escucha, de eucaristía, para contemplar la presencia de Dios. Se trata de una presencia      que, gratuitamente, nos fortalece la fe, aviva la esperanza, enciende el amor y nos mueve a la generosidad. Es esto lo esencial del misterio de la trasfiguración, permitir que el Señor nos abra los ojos para que podemos contemplar su gloria, y recibir del mismo Padre la consigna que oyeron aquellos discípulos, «Este es mi Hijo amado […] escuchadlo». De esa escucha se nutre la fe verdadera. Cuaresma es también buscar silencio en las prisas de la vida, es escuchar a Dios para fortalecer nuestro discipulado, para conocer su voluntad y poder realizarla. Desde ese encuentro, entendemos que hay que bajar cada día a la vida para hacer presente el amor de Dios.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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