En la primera carta del apóstol Pablo a la comunidad cristiana de Corinto les expresaba, con gran claridad, cuál es el verdadero núcleo de nuestra fe: «Si Cristo no ha resucitado vana es entonces nuestra predicación y vana es también vuestra fe» (1 Cor. 15,14). Es este el mensaje central que el evangelio de San Lucas, que leemos este domingo, nos proclama: Jesús, el crucificado, ha resucitado para que en él obtengamos la vida. Su presencia en medio de lo comunidad es real, no es solo un recuerdo o una idea, sino que él vive.  Pero ¿dónde descubrirle?

Empieza el evangelio de hoy con la experiencia de los dos discípulos de Emaús que se habían encontrado ya con él: «contaron lo que les había ocurrido y como lo habían reconocido al partir el pan». Ellos hablan del camino de la vida. Para encontrarnos con el Señor no es necesario retirarnos de lo cotidiano, ni aislarnos de nuestro mundo.  Es en este camino concreto de su existencia, no en uno perfecto o ideal, donde Jesús se les hace presente. Y es su misma presencia la que ilumina sus vidas, todo lo que les ha sucedido. Les hace ver que toda su historia es historia de Dios. La dureza del camino sigue estando ahí; no hay recetas milagrosas para eliminar el dolor y la cruz en la vida; pero él nos enseña a verlas e interpretarlas desde otra mirada distinta. Una vida que se alimenta y se ofrece en la Eucaristía, lugar donde verdaderamente el Señor abre sus ojos para que lo descubran como resucitado.

Y en este encuentro ellos comprenden las Escrituras, comprenden que el proyecto de Dios, la realización de su Reino, implica aceptar a un Mesías cuyo camino pasa por el servicio y la entrega, y no por el triunfo y el poder humano. Por eso es necesario también palpar sus llagas. Creer es vivir toda nuestra vida con espíritu pascual, es decir, como un nacimiento constante a la vida de Dios. Creer necesariamente conlleva comprometerse gozosamente con los hermanos, especialmente con aquellos en los que las heridas del sufrimiento y la debilidad aparecen con mayor nitidez.

Siempre el encuentro con Jesús resucitado supone la invitación a la misión. Al final del evangelio Jesús les dice «…en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto». Palabras que nos recuerdan nuestra vocación de testigos de la resurrección, de heraldos de Dios que, en Cristo, nos ofrece a todos el perdón y la salvación. El estilo del evangelizador es el del testigo. El relato de la aparición nos urge primero a encontrarnos con el Señor vivo, nos habla de experimentarlo, y a la vez, nos exhorta a ser testigos de esa misma experiencia de fe, sostenidos por su gracia. La misión comienza a los pies del Resucitado, y se prolonga en toda nuestra existencia. No es posible ser testigo y abandonarse en quejas y comodidades; sino ponerse en camino y anunciar una vida operante, a pesar de los obstáculos. Es la tarea del testigo, vivir y anunciar lo que ha visto y celebrado.

Francisco Sáez Rozas

 Párroco de Santa María de los Ángeles

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