Nos sitúa el evangelio de este domingo en la tarde/noche de la última cena de Jesús. Tras anunciarles que uno de ellos le va a traicionar, Judas abandona el cenáculo. Los once discípulos han quedado impresionados y silenciosos. Es entonces cuando Jesús aprovecha para darles su última enseñanza hablada. En aquella noche, terrible y asombrosa a la vez, Jesús deja a sus discípulos lo que podemos llamar su testamento, y el relato que leemos hoy forma parte de ese testamento.

Comienza hablando de una viña. El tema no puede ser más bíblico. La viña, en los profetas, era la imagen por antonomasia para designar a Israel en cuanto pueblo elegido y cuidado por Dios con amor. Pero Jesús, al presentarse como la «vid», afirma que él es esa verdadera vid; el verdadero pueblo de Dios ya no es Israel, sino la comunidad que Jesús funda en medio del mundo, la Iglesia. Se forma parte de esa viña en la medida en que se comparte su vida íntima. Solo cuando los sarmientos permanecen unidos al tronco, que es Cristo, solo cuando se alimentan de la misma savia, forman parte de esta viña de Dios. La finalidad del sarmiento es «dar fruto». Con esta expresión se quiere expresar el compromiso de cada cristiano. Es dando fruto como se glorifica a Dios. En definitiva, glorificar a Dios es llevar una vida de fe, en conformidad con el designio del Padre, que se traduce en el amor a Dios y al prójimo.  Es en el amor donde la fe actúa, y es en el amor donde Jesús dice que nos van a reconocer como sus discípulos.

Pero, para dar fruto, es necesaria una actitud fundamental que el evangelio expresa con el verbo «permanecer»: «el que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada». Esta es la condición fundamental para que la comunidad, y todo discípulo, de fruto y tenga vida. Debe circular por ellos la savia de Jesús. Los sarmientos no son nada por sí solos, si se separan de la vid. La savia no brota del sarmiento, sino que la reciben del tronco. El evangelio de hoy nos habla de la importancia de la vida espiritual en el discípulo. Es en esta vida interior donde se asienta la evangelización.

Recientemente el papa Francisco publicaba una exhortación -Alegraos y regocijaos- llamándonos a todos a la santidad, a dar futo. En este camino a la santidad, por una parte, nos invita a una unión íntima con Cristo «Solamente a partir del don de Dios […]podemos cooperar con nuestros esfuerzos para dejarnos transformar más y más. Lo primero es pertenecer a Dios» (n. 56). Por otra parte, resalta la importancia de la oración constante, de la escucha de la palabra de Dios, y de los sacramentos, especialmente la eucaristía. Ellos son los instrumentos a través de los cuales el Padre nos poda. No es posible la santidad, no es posible permanecer en la vid, sin una vida de fe que se expresa en la oración y en la adoración: «No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momento o de sentimientos intensos» (n. 147) dice el papa.

  Francisco Sáez Rozas

                                                     Párroco de Santa María de los Ángeles

Pin It

BANNER02

728x90