Poco a poco estamos concluyendo este tiempo de Pascua, y el relato evangélico de la liturgia de hoy nos sitúa ante en el núcleo de nuestra fe. Jesús continúa conversando con sus discípulos, y en esta charla, verdadero testamento espiritual, les recuerda cual ha sido el último motivo que ha guiado e impulsado su vida, el amor: «como el Padre me ha amado…». Todo comienza ahí, en lo más profundo del corazón de Dios. De Él es la iniciativa de salvación, pero ese amor divino no es algo abstracto para nosotros, tiene un rostro visible que es el de Cristo.  «Así os he amado yo», toda su vida consistió en amar sin medida, en mostrar como es el rostro del Padre, y por tanto su mandato no puede ser otro que amar con ese amor.

Su misión ha consistido en acercar la misericordia de Dios a una humanidad caída y sufriente, necesita de consuelo, esperanza y salvación. Ahora, como el alfarero con el barro, trata de moldear el alma de sus discípulos. Y les dice: «Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros. Como yo os he amado así también debéis amaros los unos a los otros». Este es el testamento de Jesús. Resume en pocas palabras todo cuanto les ha dicho en tres años de caminar juntos. La ley de los judíos enseñaba seiscientos trece mandamientos. Jesús impone solo uno. Y la novedad de ese amor es que es sin medidas, tal y como él nos ha amado. Debemos amarnos no con un amor cualquiera, sino con un amor como Jesús nos ha mostrado.

Este amor no puede brotar solo del hombre, es don de Dios y vocación; es Él quien nos ha elegido, quien se ha fijado en cada uno de nosotros, y nos ha capacitado para ser signos e instrumentos de su amor hoy. Un hombre no es capaz de amar así. Un amor tan intenso, y de tal calidad, solo puede venir de lo alto. No es fruto de un largo esfuerzo. Es mucho más. Pero, a la vez, este amor también es tarea nuestra, por eso nos pide que permanezcamos en él, que colaboremos con su gracia para hacer posible que todos le puedan conocer y amar. Por tanto, es una misión que comienza en la intimidad y en la escucha del Señor, de su Palabra, y que se vive y celebra en la Eucaristía.

No hay que entender aquí el mandamiento como una serie de preceptos morales a cumplir, se refiere a la necesidad de querer vivir un amor al que no se lo ponga límites, y que debe estar presente en todo discípulo. Es un amor que no nos aleja del mundo, sino que nos sumerge más plenamente en él, en la tarea de testimoniar, con el bien que hacemos, que el Reino está ya presente. Sobre el amor no se teoriza, sino que se experimenta. Y es que ese amor es el mejor testimonio de evangelización. ¡Cuántas veces nos esforzamos, queriendo probar con argumentos y teorías nuestra fe! Y olvidamos lo único que realmente muestra a los demás que el amor de Dios reside en nosotros: precisamente eso, el amor.

Este mandato quiere hacer de nuestras vidas una prolongación visible de su presencia en nuestros días. Lo apasionante de seguir a Jesús es saber que aquello que sucedió hace tanto tiempo vuelve a suceder cuando por nuestra forma de amarnos reconocen que somos de Cristo. Reconocerán que somos sus discípulos, capaces de cambiar el mundo, viendo que nosotros hemos sido cambiados.

  Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

Pin It

BANNER02

728x90