La solemnidad de la Ascensión nos acerca casi al final del tiempo pascual. Estamos ante un misterio que no siempre se entendió bien, «ascender al Cielo» se interpretó, con demasiada frecuencia, como una partida del Señor, casi como una despedida de los suyos. No es este su sentido, no estamos ante una fiesta del alejamiento, sino ante un misterio que nos recuerda que el Señor, por su resurrección, ya está definitivamente en el ámbito de Dios. Si está para siempre en la vida de Dios, celebramos, no su alejamiento, sino todo lo contrario, su cercanía y nuevo modo de presencia.

Comienza el evangelio con la apasionante tarea que el Señor encomienda a sus discípulos: «id al mundo entero y anunciad el evangelio a toda la creación». Ascensión y misión aparecen íntimamente unidas. Aquellos mismos discípulos que habían huido ante la cercanía de su cruz, son ahora los escogidos para continuar la misión. Esta también quiere ser una enseñanza en el día de hoy: la misión no es cosa de otros, de aquellos más preparados y selectos, sino de todo bautizado. Es tu tarea.  Y lo es, porque el Señor te ha elegido.  Para llevar adelante la misión el Señor cuenta con nuestra pobreza y con su gracia, con nuestra disponibilidad y la confianza en que Él camina con nosotros: «Y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban», dice el relato. Si nos creemos los protagonistas de la evangelización, seguramente nos anunciaremos a nosotros mismos y no será fecunda.

En el anuncio del evangelio se puede dar la tentación de la comodidad, de la pasividad o incluso excluir y hacer acepción de personas. Son actitudes que la liturgia de hoy recoge de alguna manera. A veces, permanecemos pasivos, «mirando al cielo», olvidando que la evangelización pasa por el hombre de hoy. Otras veces, en lugar de abrirnos «al mundo entero», nos acomodamos, nos centramos en ese «mundo» más fácil y cercano que controlamos. Otras veces podemos justificar nuestra falta de compromiso por las dificultades del momento, el desinterés de las personas, etc… La solemnidad de la Ascensión quiere corregir esas desviaciones. La misión no se interrumpe; cambian las manos que la llevan hacia adelante y los labios que la anuncian. Nos invita a sumergirnos en el mundo siendo testigos.

Por último, la Ascensión es también la fiesta de la esperanza porque nos habla de la meta a la que caminamos. Dios ha elevado a Jesús a su derecha, lo ha revestido de su misma dignidad. El mal, el dolor, la enfermedad y la muerte ya no tienen la última palabra. Dios nos hace comprender que todas estas realidades, aunque todavía su presencia condicione nuestra vida, son caducas. Si la encarnación no hizo que el Hijo de Dios perdiera su unión profunda con Dios, su ascensión no va a suponer una pérdida de la comunión profunda con el hombre, al contrario, donde nos ha precedido Él, que nuestra Cabeza, es hacia donde caminamos nosotros.

Francisco Sáez Rozas

            Parroquia de Santa María de los Ángeles

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