Una vez terminado el tiempo Pascual, la liturgia nos hace contemplar dos misterios centrales en nuestra fe, como son las solemnidades de la Santísima Trinidad y del Cuerpo y la Sangre de Cristo. He de reconocer que no es fácil hablar de la Trinidad. Hemos colocado a Dios a una cima teológica tan inaccesible, que, sin querer, hemos reducido el misterio de la Trinidad a una especie de reflexión teológica, casi incomprensible, que se aprendía de memoria en la catequesis, pero sin incidencia en la vida concreta de fe.

Decir que nuestro Dios es Trinidad es, ante todo, decir que es misterio, no en cuanto algo incomprensible, sino en el sentido de que Dios lo trasciende todo, y, a la vez, está presente hasta en el recodo más pequeño de nuestra existencia, y, ante el misterio sólo cabe la contemplación y la aceptación desde el amor. Dios no se deja atrapar en nuestros esquemas, mejor que entenderlo es amarlo, y mejor que analizarlo es vivirlo. Lo importante no es discurrir o reflexionar, sino saborear. Es un Misterio que nos recuerda, como dice San Juan, que Dios es amor.  No es un ser solitario, ni inaccesible, al que solo podemos adorar desde la lejanía, sino que es comunión. Dios es un amor que se vuelca hacia el hombre, que se hace entrega y donación: “Tanto amo Dios al mundo, que entrego a su Hijo único”. Y, a la vez, es un amor no excluyente, que acoge dejándonos participar en su misma comunión.

Hoy el evangelio nos trae a la memoria que somos enviados. De la misma manera que Dios envió a su Hijo al mundo para hacer presente su misericordia y salvación, de la misma manera son enviados sus discípulos. La misión de Jesús no es otra que invitarnos a participar en esa comunión de vida, y a la vez, a que nosotros hoy seamos los que prologuemos y acerquemos esa invitación a todos. El fin de esta tarea es hacer discípulos, en efecto, el cristiano es un discípulo. No se trata de ofrecer un mensaje, al modo de los maestros, sino de invitar a una comunión de vida con Dios, a una relación personal y de seguimiento.

En esta tarea no estamos solos: «Sabed que estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20) dice el Señor. No estamos perdidos, abandonados a nuestras propias fuerzas: Él está con nosotros. Que Dios sea Trinidad, lejos de ser una idea abstracta y lejana, nos indica que el Padre, en Cristo y por su Espíritu, siempre está con nosotros. En los sacramentos, en su Palabra, en el hermano, en las situaciones de silencio y dolor. No es Alguien impersonal, frío e indiferente, sino la Vida en amor compartido, de forma comunitaria.  El Concilio Vaticano II se fijó en este misterio para expresar la identidad y vocación de la iglesia: está llamada a ser "icono de la Trinidad", reflejo en su vida de lo que este misterio implica. Comunidad de amor que se lanza en busca del hermano para hacerle partícipe de esta misma comunión. Si Dios es amor que se comunica y que acoge, ésta tendrá que ser la esencia y misión de la Iglesia.

                                                                Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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