La solemnidad del Corpus nos recuerda cómo la promesa que el Señor realizaba a sus discípulos el domingo pasado, («yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos») se hace realidad, de una forma admirable, en la sencillez de un poco de pan y de vino. La liturgia hoy nos propone el relato de la institución de la eucaristía en el marco de la última cena. Compartir la mesa, para un judío piadoso, era algo que tenía gran importancia, era el gran símbolo de la convivencia, de la reconciliación, donde Dios nos sienta a todos los comensales en una mesa común, y él mismo nos sirve. El banquete, pues, anticipa aquello que Dios tiene preparado para su pueblo, para cada uno de nosotros.

En este marco tan significativo, el Maestro y Señor instituye la Eucaristía. En el pan y en el vino se condensa una existencia vivida como don. El gesto que Jesús realiza aquella noche es profético, recoge todo lo que él ha hecho: su vida consistió en acercar la misericordia de Dios a una humanidad que estaba al borde del camino. Con sus milagros venía a decirles que para Dios eran únicos, por eso eran los primeros destinatarios de un amor capaz de transfórmales y curarles. Su vida fue una existencia “partida” por todos. Toda esta entrega encuentra su máxima expresión en la cruz. Y lo que la cruz significa, se contiene en el pan y el vino.

Este amor, que se entrega en la cruz, es el que recibimos cada vez que lo comulgamos. En nuestros altares Cristo sigue "partiéndose", entregándose para que todo el que lo reciba con fe se haga participe de la salvación que nos regala en la cruz.  Por encima de todo, el Corpus es la fiesta que nos hace presente este amor de Dios hecho salvación en Cristo y presente realmente en el pan y el vino. Nos equivocamos buscando eucaristías bonitas, corremos el peligro de olvidar lo que celebramos, que el banquete al que estamos invitados no es ni a un espectáculo, ni a una conferencia, sino a una comida fraterna, donde el alimento es el mismo Cristo. Pero, para comer, lo primero que uno necesita es tener hambre de Dios.

Jesús les dice «haced esto en memoria mía». Por una parte, la iglesia, que nace de la eucaristía y en ella se alimenta, cada día debe celebrar este banquete sagrado; por otra parte, este «haced en memoria mía» nos exhorta a que seamos capaces de re-vivir el mismo amor que animó la vida de Jesús. El Corpus es una fiesta en la que hacemos memorial de su amor y entrega; una fiesta en la que recordamos que el culto cristiano va unido siempre a la justicia; que nos anuncia que no participamos con sentido en este amor sino le reconocemos en el prójimo. Reconocer a Cristo en el sacramento de la Eucaristía es la mejor manera de limpiar nuestros ojos para reconocerle en el “sacramento” del hermano. Por eso, este día es el de la caridad. Comulgar a Jesús no es posible sin comulgar a los hermanos. No son la misma comunión y, sin embargo, no se pueden separar.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

Pin It

BANNER02

728x90