Retomamos en este domingo la lectura del Evangelio de San Marcos, que iremos escuchando y meditando a lo largo de todo el año. Comenzaba el evangelista, hace unos pocos domingos, recordándonos el núcleo de la predicación de Jesús: Se ha cumplido el plazo, y el Reino de Dios está irrumpiendo ya en nuestras vidas. Es necesario prepararnos para acogerlo, necesitamos convertirnos y creed en su presencia salvadora. Este anuncio se hace realidad, de una forma novedosa e inesperada, en Jesucristo. En Él, Dios se ha acercado al hombre para hacerle experimentar su misericordia, para liberarlo e invitarlo a una comunión de vida.

Pero esta pretensión no deja a nadie indiferente, como observamos en el evangelio. La primera reacción es de rechazo. En primer lugar, por parte de aquellas autoridades y grupos dominantes, que le recriminan que si expulsa demonios es porque su poder no viene de Dios, sino de Satanás. Para Jesús los exorcismos, así como las curaciones, son signos de que verdaderamente ese Reino que anuncia, está irrumpiendo.  No quieren ser hechos prodigiosos que causen admiración. Su sentido es otro, los milagros de Jesús expresan lo que había anunciado tantas veces: Dios ha decidido intervenir en nuestras vidas. Es por ello, que los que sufren por la enfermedad, por el mal en sus distintas formas, son los primeros que van a experimentar, aquí y ahora, que Dios los libera.

Pero no solo le rechazan los poderosos, su familia tampoco le termina de entender. Este encuentro con ellos es el momento que Jesús aprovecha para expresar quien es su verdadera familia: «el que haga la voluntad de mi Padre ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (3, 35). La verdadera familia de Jesús, es la familia del Reino, traspasa las fronteras de la sangre, para abarcar a todos los hombres y mujeres que hacen la voluntad de Dios. Quien se esfuerza, desde la oración y los sacramentos, en escuchar a Dios en su vida; quien, sostenido por su gracia, se empeña en acercar esa misma misericordia a todos los hermanos, no solo está colaborando en la construcción del Reino, sino que además forma parte “de pleno derecho” en la familia del Señor. El mejor ejemplo es la Virgen María. Si de alguien se puede decir que escuchó a Dios en su vida, y cumplió su voluntad, es de ella.

De esta manera el evangelio nos recuerda que nuestra vocación como Iglesia, familia de Jesús, es ser mediación de esa misericordia. Ahora bien, si no trasparentamos este amor apasionado de Dios por el hombre,  si desvirtuamos el evangelio reduciéndolo a aquello que nuestra sociedad quiere escuchar, si nos dejamos seducir por el relativismo de hoy en detrimento de la verdad de fe, si no colaboramos en construir un mundo nuevo y más humano; si no estamos dispuestos a una permanente conversión para ser fieles a Jesucristo, si nos acomodamos y no acercamos a todos el amor de Dios, si no estamos cerca de los crucificados de hoy para darles esperanza, si, en definitiva, perdemos de vista que nuestra referencia última son Dios en su Trinidad y los hombres en su dignidad, difícilmente seremos signos de que el Reino de Dios está presente.

Francisco Sáez Rozas

       Párroco de Santa María de los Ángeles

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