Seguramente todos hemos escuchado alguna vez ese dicho que afirma que «los caminos de Dios no coinciden con nuestros caminos». En el relato de hoy encontramos algo de eso. Estos últimos domingos venimos hablando del Reino de Dios. En efecto, este Reino está ya presenté en nuestra historia, aunque a veces no lo parezca. Las dos parábolas del evangelio ponen ante nuestra consideración como actúa Dios. Jesús las pronuncia desde su propia experiencia. Si bien él anuncia el Reino, cada día se encuentra con el rechazo por parte de los que lo escuchan. Aquello puede provocar la duda en sus discípulos, si verdaderamente el Reino está presente, ¿por qué tanta incomprensión y hostilidad? A pesar de todo, dice el Señor, la salvación de Dios es una realidad ya en nuestra historia. En aquellos inicios pobres, pequeños y humildes, que avanzan con lentitud, está presente toda la fuerza liberadora de Dios.

Una parábola es la de la semilla que planta el sembrador, y aunque éste descanse, ella crece por sí sola. A pesar de sus comienzos silenciosos, el Reino de Dios crece progresivamente. De esta manera, rompe nuestros esquemas, pues es ante todo don de Dios, y no depende solo de nuestro esfuerzo. Nos habla de dejar hacer a Dios es nuestra vida más que de reclamar el protagonismo nosotros. La segunda parábola, es la del grano de mostaza, y ahora lo que reclama el protagonismo es la grandeza del Reino al final, a pesar de este comienzo pequeño y débil. El grano de mostaza es una semilla de las más pequeñas y, sin embargo, su planta es capaz de alcanzar tres metros de altura. Así es el dinamismo del Reino.

Estamos acostumbrados a buscar a Dios en lo sublime y magnifico, y Jesús no habla de grandes cosas. El Reino de Dios es algo humilde y pequeño en sus orígenes, que puede pasar tan desapercibido como un grano de mostaza. Pero es algo llamado a crecer y a dar fruto. Una enseñanza fundamental de este domingo es volver a aprender a valorar las cosas pequeñas, los pequeños gestos, como lugares especiales de la presencia de Dios hoy.

Pero también estas dos parábolas quieren ser un mensaje de ánimo y de esperanza. Sin querer, inmersos en el ritmo frenético de nuestra sociedad, podemos caer en dos peligros. Uno es el del activismo y el otro es el del rendimiento. El primer peligro consiste en ahogarnos en el hacer muchas cosas, confiando excesivamente en nuestra fuerza y capacidad, y así terminamos por creernos indispensables. El segundo peligro, se deriva de éste, es cuando caemos en la cuenta de que, a pesar de tanto trabajo, los frutos no son los esperados, y podemos quedar aplastados por una tarea que nos desborda.

Jesús nos dice lo que tenemos que hacer, confiar en Dios y colaborar con su gracia. Nos recuerda que en la semilla hay una fuerza que no se debe a nuestro esfuerzo. La vida no se reduce a la actividad, es un misterio más profundo; es regalo y don, y nuestra primera ocupación tendrá que ser respetar la acción de Dios y acoger su Espíritu que nos hace capaces de colaborar en la construcción del Reino.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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