Este domingo celebramos la natividad de Juan el Bautista, que al ser una “fiesta del Señor” por su íntima relación con Jesús, sustituye a la liturgia del XII Domingo del Tiempo Ordinario. Todos conocemos la figura de Juan, que adquiere un lugar importante en los evangelios por ser el mensajero que anuncia y prepara la llegada del Mesías, del Redentor del Mundo. Su mensaje, su condición de precursor y de hombre de Dios, hace que el evangelio dijera que él «era el más grande de entre los nacidos de mujer…». Aprendamos, pues, a valorar el papel excepcional del Bautista.

Por encima de todo es el hombre de Dios; un hombre humilde, vestido de una forma austera y con una vida sencilla. No puede pasar desapercibido. Su misma vida, sin necesidad de hablar, es ya una invitación a todos los que le ven, a replantease como es su relación con Dios.  Es la voz que nos exhorta a preparar el camino al Señor: ese Dios anunciado en el Antiguo Testamento, ya está cerca. Y esta preparación comienza en nosotros mismos: ¿Cómo preparar este encuentro con el Señor? Juan habla de conversión.

Necesitamos ver si nuestros caminos son los caminos de Dios, sino es así, estamos a tiempo de dar la vuelta, de reemprender nuevamente el camino que nos conduce a Él. De lo que se trata es de aquel cambio interior que se traduce en frutos de buenas obras. La conversión no puede quedarse en buenos propósitos, ni se puede reducir a deseos, sino que ha de verse de forma concreta en la vida. El fruto va más allá de acciones puntuales, por muy buenas que sean. Es la expresión de un nuevo estilo de vida según el modelo que es Cristo, y sostenidos por su misma presencia. No es suficiente con no hacer el mal, que ya es mucho, hay que hacer el bien. Ahora bien, esta conversión no es conquista del esfuerzo voluntarioso del hombre que se quiere edificar a sí mismo, sino ante todo fruto del encuentro personal con Dios.

Por otra parte, Juan nos recuerda a todos que somos instrumentos en las manos del Señor para colaborar en la edificación de su Reino. Él lo hace desde la humildad y la sencillez. Solamente se sabe el precursor; no reclama para sí ni medallas, ni reconocimientos. Su vida consiste en señalar al que verdaderamente trae la salvación. Y su manera de señalar es vivir aquello mismo que anuncia. Es una actitud a no dejar pasar por alto. La tentación de anunciarnos a nosotros mismos, de reclamar que la atención se centre, no tanto en el mensaje cuanto en el mensajero, es muy real.

En un mundo como el nuestro, en el que encontramos signos de cansancio, de dolor y de soledad, siguen siendo necesarios los testigos al estilo de Juan el Bautista. Cristianos, que cimientan su vida sólidamente en Dios y que nos recuerdan que veces nos alejamos de Él. Hombres y mujeres que anuncian la buena nueva de la salvación, acercando la misericordia de Dios a todos. Es Dios quien ofrece la salvación al hombre. Pero a su vez, esa salvación pasa por el hombre de hoy, en el sentido de que debemos ser instrumentos de su misericordia aquí y ahora.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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