Una de las preocupaciones fundamentales que encontramos en el evangelio de San Marcos es aclarar qué significa ser discípulo de Jesús. Su evangelio puede ser considerado, sin riesgo a equivocarnos, como “un buen manual para el seguimiento cristiano”, pero de forma especial, el relato que leemos este domingo es de especial claridad. Todo comienza con unas preguntas: ¿Quién dice la gente que soy yo?, y vosotros, ¿qué decís?, cuestiona a sus discípulos. Pedro, en nombre de todos ellos, toma la palabra. Mientras que otros solo han dado respuestas parciales (unos que Elías, otros que Juan el Bautista, …) él es certero en su afirmación, “tú eres el Mesías”.

Posiblemente esta respuesta sea algo que Pedro ha aprendido, y aún no sea fruto de su experiencia, por eso, para nuestra sorpresa, nos encontramos con que Jesús hace dos correctivos de inmediato. El primer correctivo es que manda a Pedro guardar silencio (Mc 8,30). Pero, si Pedro ha respondido correctamente, ¿por qué callar? Jesús no quiere que su mesianismo se entienda en clave triunfal; su camino no pasa por el poder, sino por el servicio, por el don de su propia vida en fidelidad y obediencia al Padre, y por amor al hombre; él es el Siervo de Yahvé, como nos recuerda la primera lectura que, desfigurado y sin rostro, carga con nuestros pecados.

El segundo correctivo, es una consecuencia de este primero, «el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8,32). A los discípulos les cuesta entender que él tenga que recorrer ese camino, y que ellos tengan que seguirle por él. Era más fácil y cómodo acompañarlo por el camino de la fama y los milagros. Pero, el camino de la cruz es otra cosa. Ya no se trata solo de compartir su misión de predicar; ahora seguirle supone aceptar también el rechazo, el desprecio y el sufrimiento. Se trata de dejar atrás nuestras aspiraciones humanas, nuestras expectativas de comodidad y triunfo, y compartir su destino.

Por eso Jesús les replantea de nuevo el camino, «el que quiera venirse conmigo…». No obliga, solo invita, y cada uno debe decidir. Eso sí, quien decida ir tras él, «el que quiera», debe hacerlo con radicalidad, sin medias tintas ni tibiezas. Debe romper con el individualismo, el conformismo y la comodidad de nuestro mundo para descubrir que el camino hacia Dios pasa también por el amor al hermano («que se niegue a sí mismo y me siga»). Conlleva tomar parte en la cruz del Señor. Ésta no es solo signo del dolor, como a veces la hemos reducido en la piedad, sino sobre todo signo del amor de Dios, de un amor hasta el extremo. Tomar la cruz del Señor significa tomar parte en esa dinámica de la salvación de Dios, que implica amar sin cálculos, sin limites; amar incluso hasta sufrir por amar, porque dando la vida es como la ganamos (Mc 8,35).

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

                 

Pin It

BANNER02

728x90