«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y hemos intentado impedírselo porque no anda con nosotros». Estas palabras son con las que los discípulos se dirigen a Jesús en el evangelio de hoy. Una situación que él aprovecha para seguir instruyéndolos. ¿Qué quiere decir eso de echar demonios? Sabemos que Jesús anunció que el Reino de Dios estaba irrumpiendo, esto es, que Dios en persona se estaba acercando al hombre de una manera nueva y radical, para hacerle partícipe de su amistad. Los destinatarios preferentes eran aquellos que en su vida sentían el peso del rechazo, del dolor, la enfermedad o el pecado (los ciegos, los tullidos, los leprosos, los pobres, …). Entre ellos estaban también los endemoniados. Expulsar demonios, entonces, era un signo de que Dios estaba ya actuando en nuestro mundo, que el mal, en cualquiera de sus formas empezaba a ser vencido.

Este Reino se instaura en la persona, de Jesús y, como una pequeña semilla de mostaza, tiene un dinamismo interno que lo hace crecer por la sola acción de Dios. Pero esto no significa que nosotros no podamos colaborar; en la medida en que buscamos el bien de las personas, colaboramos para que este Reino se siga expandiendo. Por eso Jesús rehúsa impedir que aquel hombre haga milagros. No solo hay en el mundo muchas personas capaces de hacer signos liberadores, sino que, además, los cristianos hemos de reconocerlos y agradecerlo. No puede haber envidias porque otros hagan el bien. Todos los que, de alguna manera, se esfuerzan porque la vida del hombre sea más digna, están con nosotros.

Dice Jesús, «el que os de a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, no quedará sin recompensa». Dar un vaso de agua era el primer gesto de hospitalidad, por eso, quien es capaz de ofrecer, aunque sea un mínimo gesto se servicio, no quedará sin recompensa. Los hechos más pequeños e insignificantes, si han tenido en cuenta al hermano, no son indiferentes antes Dios. Y como hasta el gesto más simple de servicio es grande para Dios, los discípulos no deben reclamar de forma exclusiva la capacidad para hacer el bien. Unida a esta enseñanza les exhorta también a no escandalizar a los más pequeños en la fe. Etimológicamente, en griego, escandalizar significa «la piedra con la que se puede tropezar», por eso escandalizar no es solo dar mal ejemplo, escandaliza igualmente aquél que con su acción hace más difícil la vida de los demás, todo aquél que conduce a otros a actuar contra su propia conciencia.

Es bueno reconocer en estas palabras de Jesús una invitación para que le pidamos que nos haga desechar de nuestra vida todo lo que nos aparta de él. La comunidad cristiana que cuida los pequeños detalles de amor, dice el Papa Francisco, donde los hermanos se preocupan y cuidan unos de otros, se convierte no solo en lugar de la propia santificación, sino también en un espacio abierto y evangelizador (cf. Gaudete et Exsultate, 145).

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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