Jesús continua su camino hacia Jerusalén y, a la vez, su instrucción de los discípulos. Los episodios que leeremos los próximos domingos nos van a ir descubriendo cuales son los valores nuevos del Reino. Y hoy nos encontramos con la primera de estas enseñanzas, mejor dicho, con las dos primeras, porque hoy leemos dos episodios distintos, y a la vez íntimamente unidos. Vayamos por partes. En un primer momento nos dice el evangelio que los fariseos preguntan a Jesús acerca del divorcio con la finalidad de probarlo. En aquella época, el divorcio era concedido al hombre con suma facilidad, mientras que la mujer quedaba en un lugar inferior, y esto era un tema de discusión entre las escuelas rabínicas de la época, que dedicaban gran cantidad de su tiempo a especificar los motivos por los que se podía conceder.  Jesús no se complica con discusiones de escuela, sino que va al fondo de la cuestión al remontarse al plan salvador de Dios en la creación: crea al hombre y a la mujer en igualdad de condiciones. De esta manera, expresa la validez eterna del plan de Dios frente a las limitaciones de las interpretaciones humanas.

En el plan de Dios, el matrimonio es un proyecto de amor que hay que ir realizando en igualdad de dignidad, derechos y de obligaciones, y, por tanto, va contra su misma naturaleza cualquier intento de dominación. Un misterio tan grande que, desde los comienzos, la misma Biblia se asombra de que sea capaz de romper incluso los vínculos más íntimos y estrechos («por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre»), y a la vez, tan profundo que el mismo apóstol Pablo no dudará en ponerlo como signo del amor de Cristo a su Iglesia. Una consideración de este tipo, ayuda a descubrir como el amor humano es el lugar privilegiado en que se manifiesta también el amor de Dios.  Dios «los creó hombre y mujer», el uno para el otro, y ambos están llamados a ser una comunión, «una sola carne», siendo Dios mismo quien los ha unido. Por eso, mientras haya amor, habrá matrimonio, pues habrá un corazón dispuesto a perdonar y a construir.

Por otra parte, una vez más el evangelio nos acerca a los destinatarios preferentes del Reino. Nos dice san Marcos que acercaban a Jesús unos niños a fin de que los tocara. Para los niños, a diferencia de la dureza de corazón de los mayores, es más fácil creer y abandonarse confiadamente en las manos de sus padres. Pero, según los discípulos, el Reino es cosa de adultos, y para alcanzarlo es necesario hacer grandes opciones y acumular determinados méritos. Jesús piensa de forma distinta. El Reino es un don, y por tanto debe ser recibido. Nunca es una conquista, y por eso la actitud es la de los niños, aquellos que, como ellos, confían y se abandonan por completo en las manos de Dios. La bendición era el signo visible de que Dios se vuelve al hombre y le quiere dar su salvación. Al bendecirlos muestra la preferencia por aquellos que nada pueden en nuestra sociedad; a ellos se dirige primeramente su mirada.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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