Son muchos los testimonios evangélicos que hablan de cómo el encuentro con Dios es capaz de transformar la vida. Uno de ellos es la curación del ciego Bartimeo que leemos este domingo. Jesús, rechazado por los dirigentes de los judíos, prefiere ir a esa humanidad que se halla “tirada” en las periferias de la vida. Vamos a situarnos en la escena. El Señor y sus discípulos llegan a Jericó, y al borde del camino, esperando de los transeúntes unas pocas monedas que les ayudasen, se encuentran los “desplazados” de aquella sociedad, entre ellos está Bartimeo. Éste sigue sentado junto al camino, con su pobre manto extendido, a la espera de que alguien le deje caer unas monedas.  Entre los gritos, que solo piden limosna, el suyo es diferente. Quieren acallarlo, pero se hace más potente, porque su voz nace de muy adentro: pide compasión, no lastima. Quiere que esa vida que pasa junto a la suya se haga cargo del sufrimiento que lleva dentro.

Y Jesús siempre tiene tiempo para pararse ante esta humanidad que sufre: «¿qué quieres que haga por ti? Que vea Señor, dirá Bartimeo». Es la misma pregunta que poco antes (Mc 10,36) le había dirigido a Santiago y Juan, y éstos le habían pedido sentarse a su derecha e izquierda. Él no quiere ninguno de los primeros puestos, sencillamente quiere ver, no solo le pide el don de la vista, sino que le enseñe a ver de un modo nuevo. En este camino de Bartimeo estamos llamados a descubrirnos nosotros. Él supo reconocer que no veía, y por eso suplicó. ¿Cuáles son mis cegueras?  Y ¿cómo me acerco a Jesús? Me reconozco en la humildad confiada del ciego, o en la actitud satisfecha de los Zebedeos. Bartimeo nos enseña que para entrar en la presencia de Dios hay que descalzarse, hay que presentarse pobre, porque pobres somos ante tanta misericordia.

No quiero pasar por alto la descripción de la mediación de los discípulos; ellos, atentos a la voz de Jesús, se acercan al ciego y le dicen: «animo, el maestro te llama». Ésta es la misión de la Iglesia, acercar a esa humanidad sufriente a encontrarse con el amor de Dios. El Señor no le pide nada a cambio, solo le dice «vete, tu fe te ha curado». Pero Bartimeo ha sentido en su vida la misericordia de Dios, ésta no le deja impasible. Ya nada será como antes. Por eso comienza a seguirle como un discípulo más

Toda esta reflexión nos lleva a preguntarnos si hemos descubierto ese nuevo mirar que brota del encuentro con el Señor, y que nos hace contemplar la realidad con sus mismos ojos. Quien se encuentra con Cristo, quien siente ese amor sin límites ni reproches, ya no puede hacer otra cosa que seguir a Jesús. Ciertamente nosotros también necesitamos el proceso de Bartimeo en nuestras vidas, sabiendo que no es un camino que se hace de una vez para siempre. Cada día tendré que pedirle al Señor que pueda ver, que pueda sentir su amor para mirar el mundo desde sus ojos y así poder seguirle por el camino.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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