Poco a poco nos vamos acercando al final del año litúrgico, el domingo que viene, con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, lo terminaremos en la espera de un nuevo adviento. Es por ello que el evangelio que leemos este domingo nos lanza la mirada hacia adelante, nos hace contemplar cuál es la meta hacia la que nos dirigimos. Eso sí, el lenguaje que utiliza San Marcos para explicárnoslo, no termina de ser fácil, y puede resultar tan extraño para nosotros, que no profundicemos en el sentido lleno de esperanza que el Señor nos quiere transmitir.

Ya sabemos que Jesús había anunciado, con sus palabras y con su vida, la llegada del Reino; Dios que se acerca a nuestras vidas para hacernos experimentar la salvación. No obstante, muchos miran a su alrededor y siguen viendo cansancio, soledad y sufrimiento. No es de extrañar, pues, que preguntarán a Jesús cuándo llegaría el momento en el que, de una vez para todas, ese Reino tan anhelado, irrumpiera en sus vidas. Maestro, ¿cuándo va a suceder todo esto? ¿cuándo llegará el final? Sin embargo, a Jesús no le importa tanto el “cuándo” sino el “cómo” va suceder, y cuál será nuestra disposición. Es entonces, el momento en el que describe la llegada en gloria y majestad, al final de los tiempos, del Hijo del Hombre, y en sus palabras no encontramos ninguna referencia a que la finalidad de esta venida sea el castigo o la condena, sino la vida. Su venida es salvífica, su poder está precisamente en “recoger a sus elegidos”, a aquellos, que aun en la dificultad, y confiando en él, han hecho del amor una manera de vivir.

El camino se recorre en función de la meta hacia la que nos encaminamos, por eso lanzar la mirada hacia este horizonte de esperanza no nos habla de desentendernos de la realidad que nos toca vivir; no estamos ante un discurso reservado exclusivamente para los últimos tiempos, sino que es también una invitación a vivir la fe hoy. Con la imagen de la higuera y la llamada a reconocer en sus brotes lo que está por acontecer (vendrá el buen tiempo) el Señor exhorta a una vigilancia constante que sepa “discernir los signos de los tiempos”, es decir, que en las situaciones que a cada uno nos toque vivir, sepamos descubrir aquello que Dios nos quiere decir aquí y ahora.

Quien más o quien menos se ha preguntado alguna vez por su porvenir. Da igual nuestra fe, ideología o postura ante la vida; todos estamos enfrentados a nuestro futuro ¿en qué van a terminar tantos esfuerzos, sacrificios y aspiraciones? No es una pregunta fácil, y ha encontrado diversas respuestas en la historia. Para muchos estamos abocados a un “callejón sin salida”, con la muerte todo acaba. Para un cristiano esta no puede ser la actitud. El evangelio nos invita a entender nuestra existencia como “un germen de vida” que no solo no se dirige a la nada, sino que al final encontrará su plenitud en Dios. Un Dios que viene en su Hijo a “recoger a sus elegidos”, un Dios que se acerca para salvar. Y el mismo Señor que vendrá al final -decía el prefacio de misa- en gloria y majestad viene hoy en cada hombre y en cada acontecimiento para que los recibamos en la fe.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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