“ACUERDATE DE MI, CUANDO ESTÉS EN TU REINO”

En el pasaje del Libro segundo de Samuel describe cómo el pueblo reconoce en David una autoridad moral que no le viene por ley, sino por un don de Dios, que  todos reconocen: “Ya antes que Saúl reinara, eras tú quien guiaba a Israel”.También le capacita para estar a la cabeza del pueblo su cercanía con la gente, que lo siente suyo y se identifica con él: “Somos de tu misma carne y sangre”.

Pero David es sólo un signo anticipado del verdadero Rey y Ungido de Dios y hermano de los hombres, que es Jesucristo, del que san Pablo hace un canto, presentándolo como el único referente en la vida, pues en él se muestra toda la grandeza de Dios.

La grandeza de Dios paradigmáticamente se manifiesta en la Cruz, donde está clavado el “Rey de los Judíos”, al que se dirigen varías miradas: el pueblo   indiferente, como alguien que permanece al margen, cuando es el destinatario del amor del Crucificado. Otra mirada es la del poder establecido, que se burla y se siente muy feliz porque cree que  han quitado de en medio un enemigo, con lo que está seguro de que por encima de el no puede haber otro poder. Una tercera mirada es la de los soldados, los servidores del poder, que representan a los  que  pierden su dignidad, y se venden al mejor postor.

Por ultimo están las miradas enrojecidas de los ajusticiados al lado de Jesús, que sufren las consecuencias de todo el montaje.

Hemos de tener bien presente una cosa: Toda la existencia del Crucificado había girado en torno a algo que, para Él, era lo único que daba sentido a su  vida: EL REINO DE DIOS.

No había venido a montar una religión, ni  a imponer un sistema de leyes, ni un orden socioeconómico concreto… sino a hacernos la oferta de un proyecto de Dios:   que vivamos felices, amándonos, respetándonos, siendo sinceros y justos y viviendo en paz… Pero esto no lo quieren entender sus enemigos y lo llevan a la muerte.

Lo que no podían soportar los que le condenaron, y los que lo rechazan también hoy, es que  Jesús se  mantuviera  y se mantenga siempre en una confianza plena  en Dios.  Padre que no lo abandona, a pesar de las apariencias.

Sobre su cabeza, como burla, se le ha colocado el cartel de rey: la mejor respuesta a ese sarcasmo la da Jesús al dirigirse al compañero de suplicio y afirmarle que ciertamente estará con el en su Reino.

Dios, a pesar de los que quieren arrinconarle o echarle de este mundo, tiene siempre la última palabra: que el Reino anunciado por Jesús no es una quimera, es una realidad, que va naciendo en el interior de todos los que le suplican: “Acuérdate de mi, cuando estés en tu Reino”  

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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