LA ESPERANZA ES LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE

Manuel Antonio Menchón, Vicario EpiscopalLos textos bíblicos de este domingo nos ofrecen  dos recomendaciones y una oferta. San Pablo nos insta a  ser responsables en el trabajo, como medio, no sólo de subsistencia, sino también como colaboración al bien común de la sociedad. El Evangelio nos advierte, por otro lado, de que el  seguimiento a Jesús, si es “camino de rosas” por la felicidad que confiere, será con frecuencia  pisando las espinas de la incomprensión y la persecución. Pero, tanto el duro trabajo de cada día, como el difícil camino del discipulado está acentuado por una hermosa esperanza: la espera de un final feliz de la historia, que anunció ya el profeta Malaquías y que propio Señor reafirma con unos símbolos en términos de catástrofe histórica – destrucción de Jerusalén y del Templo-, que, en el fondo, están expresando que todas las cosas  de este mundo son transitorias, por mucho que nos empeñemos en eternizarlas.

Claro que hoy podríamos preguntarnos. ¿Realmente a alguien le interesa  lo que sucedió con el Templo allá por el año 70? Es más… ¿a la gente de hoy le interesa el tema del final del mundo, anunciado en la Palabra de Dios?

Por supuesto que no se trata de asumir el mensaje de esos agoreros que, desde sectas pseudorreligiosas, anuncian próximas calamidades y el fin cercano de la humanidad.

Pero la verdad  es que, acostumbrados  como estamos a que cada día sea más bien una repetición del anterior,  el fin del mundo es algo que nos suena a ilusorio. La  monotonía  nos lleva a no temer algo peor, puesto que  ya estamos bastantemente mal.  La reiteración diaria consigue que  no deseemos algo mejor, porque nos conformamos  con que al menos nosotros podamos “ir tirando”.

Aunque con frecuencia afirmamos que la esperanza es lo último que se pierde, con la vida lo desmentimos: Hemos dejado de esperar o, tal vez, hemos reducido la esperanza  al paraíso prometido por la ciencia y la técnica, y por los líderes sociales y políticos de turno, que se nos presentan como únicos salvadores de la humanidad, ofreciéndonos una felicidad del  bienestar, basado en el poseer y consumir.

Cuando se olvida la esperanza, se pierden las ganas y el entusiasmo por vivir, pero cuando la esperanza no pasa de “tejas para arriba” se vive en la constante frustración de los fracasos continuos en nuestro afán de conquistar esa felicidad que el mundo ofrece  y de las promesas incumplidas de los que quieren  imponernos lo que debemos desear, esperar y conseguir, que en el fondo, es lo que ellos mismo ansían y tampoco consiguen, salvo el placer del poder.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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