HUMILDES O ARROGANTES ANTE DIOS

Los Evangelios se escribieron, entre otros motivos, porque, con el paso del tiempo, los cristianos podemos caer en la tentación de acomodarnos al mundo. Estos escritos nos ofrecen la oportunidad de recuperar el mensaje originario.

Desde esa convicción, la parábola de hoy no quiere ser una simple crítica a algunos fariseos o una alabanza de los pecadores de la época de Jesús, sino una advertencia de que fariseísmo - religiosidad arrogante- y publicanísmo –religiosidad humilde- pueden ser hoy actitudes de algunos creyentes de la Iglesia.

Sería talante religioso de engreimiento el de aquellos cristianos que se puedan sentir satisfechos de sí mismos, encantados con lo que ellos hacen, que no hacen otros; cristianos que llevan contabilizadas sus buenas obra para presentarlas ante Dios como chantaje para obtener una favor divino y que se quejan si creen que no lo obtienen, después de todo lo bueno que hacen; cristianos que intentan vivir su fe como una competición contra otros, esos que no son tan buenos como ellos y que Dios debería dejarles sin premio; cristianos que les gusta escuchar que son lo mejores y no como los otros, los alejados, los pecadores públicos, los que no van a Misa…

Y también puede haber quienes han conseguido perfectamente hacer la síntesis de fariseo y publicano: Saben darse golpes de pecho e hincarse de rodillas, aunque a veces solo sean gestos rutinarios; cristianos, que al escuchar el relato de la parábola de hoy, optan por sentirse retratados en el publicano, llegando incluso a humillarse diciendo que no valen para nada, que con ellos no se puede contar. La verdad es que, en algunas ocasiones, esa actitud humilde es contradictoriamente una presunción de humildad y yo diría que una ofensa a Dios, porque es como decir que Dios no da a todos cualidades, que Dios no sabe hacer bien lo que hace. Pero en otros casos puede ser una hermosa excusa para evitar comprometerse a una tarea concreta en la comunidad.

Si el publicano bajo justificado a los ojos de Dios, es porque Dios tiene preferencias por los sencillos, como nos recuerda la primera lectura de hoy. Dios se pone a la escucha del que se dirige a él con humildad, que consiste en reconocer que los “talentos” que Dios nos ha dado, no son valores para sentirnos superiores a otros, sino deberes que nos empujan a servir. No méritos, sino responsabilidades.

La oración de los arrogantes seguramente quedará grabada y sin respuesta en el contestador automático de Dios.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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