DIOS NO TIENE PRISA

Domingo Ordinario XXIX. C

Algunos sociólogos han apodado como “rapidación” el nuevo fenómeno que socialmente nos enreda a casi todos en nuestra sociedad del bienestar, y que consiste en dar  a nuestros quehaceres cotidianos un ritmo desorbitado. Todo hay que hacerlo rápidamente, porque hemos hecho realidad eso de que “el tiempo es oro”, es decir, que el tiempo es solo para ganar y así poder consumir.

Y ese vivir aprisa ha mermado nuestro tiempo para las relaciones  con la familia y con los amigos. Y a los creyentes, puede que también nos haya afectado en nuestra relación con Dios.

Decimos que rezamos, cuando en realidad lo que hacemos es balbucear unas palabras memorizadas, mientras la mente está en otros asuntos  pendientes. Y luego nos quejamos de que Dios no nos escucha porque no nos responde a vuelta de correo, pretendiendo acoplarle en nuestras prisas.

La Liturgia de la Palabra de hoy, especialmente el salmo responsorial y la lectura evangélica, deja muy claro que  Dios no entra en el juego de nuestros agobios,  trabaja más reposada y sensatamente, porque para Él el tiempo no es oro, es espacio para amar, y como el amor hay que saborearlo, se toma su tregua.

Es verdad que nos acordamos de Dios cuando la vida se nos pone cuesta arriba, cuando se vuelven los días grises y más de una vez, acostumbrados a la prisa, nos desesperamos y nos preguntamos por qué Dios es tan tardo ante nuestras rogativas.

Pero es que el dietario de Dios es diferente  de esa agenda que a nosotros nos atosiga cada hora de cada día

Y además, y mucho más importante, porque nuestra escala de valores no coincide siempre  con la suya. No somos concientes de que lo que nosotros pedimos ya lo conoce Dios y que la soluciones a nuestros problemas  que nosotros le solicitamos, tal vez no sean las que más nos convienen. Creemos que sabemos, más que Dios,  lo que es mejor para nosotros. Por eso nos enfadamos con Él como  niños consentidos. ¿Por qué no dejamos a Dios, ser Dios, que sabe hacerlo mucho mejor que nosotros? Él siempre escucha, por eso  debemos permitirle actuar en nosotros y purificar nuestros deseos. Eso es orar con fe y confianza en dialogo profundo con Dios, dejando que sea Él quien actúe en nosotros.

La oración del cristiano no debe ser exigente con Dios, solicitando su pronta acción para que nuestra vida  camine sin obstáculos ni contratiempos.  Sino que ha de ser la actitud fundamental que nos lleva a descubrir los caminos del Señor, sabiendo que interviene en las pequeñas cosas que nos rodean y ahí se hace presente, aunque sean por caminos que no cuadran en la lógica humana.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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