EL SEÑOR HA HECHO EN MI MARAVILLAS

El salmo responsorial de la misa de hoy nos invita a cantar “al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas”

Por supuesto que nos fascina la grandeza del universo, obra de Dios, a pesar de Stephen Hawking, como nos asombra la grandeza  del ser humano capaz de hacer cosas prodigiosas.

A propósito de esto, leí en una ocasión, que un profesor  pidió a sus alumnos hacer una lista de lo que ellos consideraban que debía ser actualmente las siete maravillas del mundo.  .

La mayoría votaron las más conocidas por todos. Pero una alumna guardó silencio Preguntada por el profesor, contestó: No puedo decidirme, pues son tantas las maravillas… y, a continuación, leyó lo que había escrito: “Creo que maravillas de mundo son: poder tocar, poder saborear, poder ver, poder escuchar, poder sentir, poder reír, y…poder amar.”

Cuantas veces olvidamos los grandes y milagros que  Dios  realiza cada día en las cosas sencillas de la vida, pero que son asombrosas. No solamente las que Dios realiza en nosotros y que  descubrió la joven de la historieta, sino esas otras que el mismo Dios realiza con nosotros: su interminable misericordia y  su amor ilimitado, hasta convertirnos en parte de su familia.

Es frecuente en nosotros un cierto inconformismo y descontento, que a veces nos lleva a quejarnos de Dios. Cuando la vida se nos pone cuesta arriba, cuando viene lo malo, protestamos: “Señor, pero, ¿por qué a mí?”  A pocos se les ocurre hacer esta misma pregunta cuando pasa lo bueno en nuestra vida. Damos la impresión de creer en un Dios que sólo manda males a los hombres y que los bienes nos vienen “por la chimenea” o por la suerte o porque los conseguimos nosotros con nuestro esfuerzo.

Seguramente más de una vez habremos dicho u oído: “Le debo un favor a fulano” Y no caemos en la cuenta de que si tenemos que pagarlo, ya no es favor.  Pues bien, cuando Dios nos favorece, y nos favorece todo los días, no quiere que le debamos nada, porque además ¿cómo podríamos pagarle? No tenemos con qué. Sólo nos queda una cosa: estar agradecidos, como nos recuerda el Libro de Las lamentaciones: “Tú tienes que dar gracias todos los días, porque nuevas son sus misericordias cada mañana” (Lm 3:22).

Cuando el sirio Naaman expresa: “reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel”, está manifestado, con  un corazón agradecido, su gozo porque el Dios bueno ha tenido compasión de su dolor.

Lo mismo sucede con el leproso samaritano, uno de los diez curados por  el Señor. Solamente él volvió, para darle gracias, mientras los otros, seguramente iban derechos a Jerusalén para buscar el certificado de curación que debían dar los sacerdotes, según ordenaba la ley, tal vez pensando que cumpliendo las normas, pagaban así el favor a Dios en su mismo templo.

Cada domingo algunos cristianos acuden a la Misa, pensando también que  con ese “tremendo esfuerzo” que hacen ya le pagan de sobra a Dios los favores recibidos, pero se olvidan  que ir a Misa es dedicar un tiempo a la gratitud por esas maravillas tan continuas que hace por nosotros: su amor, su perdón, su salvación…

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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