EL PECADO DE OMISIÓN

Uno de los peores males que aquejan hoy a la sociedad llamada del bienestar, es la indiferencia. El clamor de los que  han quedado en la cuneta de esta autopista del desarrollo apenas se escucha. Y, además, muchos de los que tendría que gritar, ya están sin fuerzas  y siguen muriendo  cada día a causa del hambre y la miseria o sucumben trágicamente en la aventura de intentar llegar a la frontera de los países, donde creen que encontrarán una vida más digna.  

A bastantes de de los que vivimos  bien o medianamente bien, nos gustaría que las fronteras fuesen como ventanas de doble cristal blindado que impida el ataque del ruido o, al menos, que llegue lo más mortecino posible, mucho mejor si es través del televisor,  porque aunque en imágenes  veamos a los pobres bullirse, agitarse, o tal vez gritar, con un pequeño toque de dedo en el mando a distancia, se puede eliminar. Lo importante es que el gemido no llegue al corazón

Por eso para superar la indiferencia hay que romper el doble cristal. Porque los que están al otro lado no son miles o millones de miembros de la raza humana, son personas concretas con nombre y apellido. Y eso hace que la indiferencia se convierta, a su vez, en insensibilidad. 

Todas las tradiciones religiosas  reconocen que  uno de los signos más grandes de madurez humana es la compasión. La indiferencia, por el contario,  indica una gran carencia de desarrollo de la integridad humana,  ya que la compasión no la vive quien quiere, sino quien puede.

La indiferencia hay que englobarla en el conjunto de lo que siempre hemos llamado “pecados de omisión”. Es el pecado del  rico de la parábola ante Lázaro. El no maltrató al pobre, simplemente lo ignoró, miró hacia la mesa, no hacia la puerta.

Nosotros, cuando nos reunimos cada domingo para celebrar la Eucaristía pedimos perdón también por los pecados de omisión, es decir, por no hacer bien que podríamos haber hecho.

De alguna manera el pecado de omisión es como “echar balones fuera”  Es como culpabilizar a todos de nuestra apatía e indiferencia. “¡Como nadie hace nada, no voy a ser yo el primero!” y, por tanto, aunque siga habiendo Lázaros a la puerta, convencidos de que no somos los únicos responsables, al estar repartido el pecado de omisión en toda la sociedad,  parece nos toca menos parte de culpabilidad o ninguna, pues para esos problemas está  el gobierno  o los que son mas ricos que nosotros o la Iglesia o los curas.

¡Total que unos por otros…, Lázaro sin acoger!

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Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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