O DIOS O EL DINERO

Es connatural a nuestra existencia naturaleza buscar la mayor seguridad posible. Por eso pululan tanto las ofertas de las empresas aseguradoras, que pretenden ofrecernos un tranquilidad casi en todo: hogar, vehículos, cultivos, fábricas,   miembros del cuerpo… ¡la misma muerte...!

El problema no es que queramos asegurar nuestra vida y vivir bien, con calidad de vida como se dice hoy, y que para conseguirlo  pretendamos alcanzar una renta económica estable.

El problema surge cuando del dinero hacemos un dios. Tener dinero no es malo, lo malo caer en la tentación constante  de divinizar lo que no es Dios,  prestándole el corazón, ofreciéndole todas nuestras energías y así, en lugar de ser nosotros sus dueños,  la cartera y la cuenta bancaria se convierten en nuestras dueñas y señoras y en adelante tendremos que vivir siempre a su servicio. Además  consiguen que nos olvidemos de los demás y, por supuesto, también del mismo Dios.

Por eso acertadamente Jesús nos ha dicho que no podemos servir a Dios y al dinero. Lo sabemos, pero nos empeñamos una y otra vez en intentarlo. Sin decirlo expresamente, pensamos: “Qué bien estaría ser un buen cristiano pero sin tener que renunciar a nada, con una cuenta abultada en el banco y un buen sofá en casita”.

Los israelitas en desierto se hicieron un ídolo de oro, creyendo que ese dios, en figura de buey, les había salvado de la esclavitud de Egipto;  nosotros  también nos hemos fabricado un nuevo ídolo que sólo es papel, plástico o metal; un ídolo en quien hemos puesto la esperanza de salvación. Pero sus promesas son vacías, es engaño su verdad, su esperanza es ilusoria y ahí está la crisis que padecemos, unos más que otros, para afirmarlo.

El Señor no  nos está diciendo que vivamos mirando al cielo esperando que de allí nos caiga el maná. Es necesario trabajar, y  buscar trabajo cuando no se tiene, aunque esa tarea hoy día sea casi inútil. por eso habrá también que luchar  para que todos puedan alcanzar ese derecho a ganarse el sustento que tiene todo ser humano.

No se trata  de vivir del aire, sino de no vivir de la competición, de la ambición, del interés meramente personal olvidando el de los demás, del egoísmo interesado prescindiendo del amor y la solidaridad.

No podemos servir a Dios y al dinero, pero si podemos servir a Dios con el dinero, cuando con él favorezcamos a los más pobres y necesitados, en los que el Señor quiere ser servido,  y luchemos  por un mundo más justo y fraternal.

 Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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