Uno de los capítulos más llenos de amor y esperanza del Evangelio es el capítulo 15 del evangelio de san Lucas, que hoy nos ofrece la liturgia. En él encontramos las parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo.

Las parábolas de la misericordia, siempre llamativas y siempre actuales nos introducen en unos relatos en las que nos podemos situar como protagonistas, pensando que Jesús las ha dicho por nosotros.

Porque el Señor, con estas parábolas, argumenta que su conducta al acercarse y hacerse amigo de pecadores, refleja la acción amorosa de Dios mismo para con nosotros. Y le está diciendo a aquellos escribas y fariseos: Al "excluirme a mí renunciáis al Dios Verdadero".

Con esas parábolas invitaba a sus oyentes, y nos invita a nosotros, a realizar una acción previa, antes de adentrarnos en una reflexión sosegada de esta narraciones evangélicas: toda imagen que tengamos de Dios, derivada de las tradiciones religiosas viciadas, de las devociones falseadas, también, por supuesto, de las supersticiones o de los miedos a la divinidad. En definitiva cualquier concepto que tengamos de Dios que no esté en armonía con lo que ha dicho y hecho Jesús ha de ser arrinconada, porque se trata de una fotografía equivocada o incompleta de su Padre Dios.

La primera de ellas, la parábola de la oveja perdida, comienza con una pregunta: “¿quién de vosotros, teniendo cien ovejas si se le pierde una no deja, las noventa y nueve en el redil para ir en busca de la descarriada ..?” Creo que el Señor cae en la ingenuidad, cuando da por supuesto que sus oyentes o cualquiera de nosotros iría en busca de la oveja descarriada. Si somos sinceros tendremos que reconocer que ninguno de nosotros se complicaría la vida por una mísera oveja, además perdida por culpa propia, y sobre todo teniendo otras noventa y nueve, como tampoco entendemos el celo exagerado de la mujer por buscar una simple moneda. Y mucho menos abrir los brazos generosamente a quién nos ha despreciado y abandonado, como el hijo que se marchó de los brazos de su padre.

Pero por suerte para nosotros Dios no le ve así. Dios como un Padre rico en misericordia. El se alegra con la conversión de los pecadores, busca al que está perdido y marginado, corre al encuentro y toma la iniciativa del perdón, y se alegra porque comienza una vida nueva. La historia de amor entre Dios y la humanidad es la historia de la cabezonería del hombre empeñado en perderse y alejarse de él y la manía de Dios empeñado en encontrar al hombre aun a costa de perder su propia vida.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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