PRIMERA LECTURA: Lectura del libro de Isaías 66,10-14c. Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz.
SALMO 65: Aclamad al Señor, tierra entera.

SEGUNDA LECTURA
: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 6,14-18. Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús.
EVANGELIO
: Lectura del santo evangelio según san Lucas 10,1-12. 17-20: “(…) y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar”

El domingo anterior Lucas nos hablaba de la vocación cristiana. El tema de este domingo se sitúa en torno a la misión. Seguimos en la clave del camino de Jesús hacia Jerusalén. La misión de los Doce, tanto en territorio judío (Lc 9,1-10) como en territorio samaritano (Lc 9,52-53), ha resultado un fracaso. Jesús no se desanima  y elige a otros setenta y dos y los envía a anunciar el evangelio. El hecho de enviar a sus discípulos de dos en dos es para que su testimonio tenga el valor jurídico que pedía la ley (Dt 17,6; 19,15). El número 72 tiene gran importancia, pues denota universalidad. Tal y como pensaban, era el número de pueblos que habitaban la tierra. Así pues, el envío de Jesús es universal, el anuncio del Reino debe alcanzar a toda la humanidad.

Estos discípulos no predicarán su propio mensaje. Ellos actuarán al estilo de Juan Bautista, su misión es preparar el camino de Jesús y dar testimonio de Él. Esta es la tarea de la Iglesia.

La misión tiene un carácter eminentemente comunitario. No se restringe este encargo a sacerdotes, religiosos o misioneros. Este texto se dirige a todos los cristianos. La comunidad ha de trabajar para que no se pierda el mensaje, toda comunidad se convierte en misionera y no puede, ni debe eludir su responsabilidad.  No debe callar la gran noticia: “Ya ha llegado a vosotros el reino de Dios”. La misión consiste en transmitirla fielmente, de palabra y con obras. 

El tiempo de la misión se extiende a toda la actividad humana. Cada día, cada momento en el que me encuentro con alguien es una oportunidad irrepetible de acrecentar el anuncio. No existen pues momentos privilegiados para la misión, toda la vida se convierte en tiempo de predicación. No sólo los templos son lugares de evangelización. La escuela, el lugar de trabajo, el vecindario y la familia son espacios que no deben ser ignorados. Tampoco nuestros actos son neutros, debemos cuidar que nuestra forma de vida y de relación no suponga un obstáculo a la misión. No es hipocresía u ocultar lo que realmente somos, se trata de ver cómo en mi vida la misión triunfa o fracasa. No podemos ser causa de escándalo para otros que se quieren incorporar al camino de Jesús. Nuestra pasividad, indiferencia o forma de vivir pueden dañar la transmisión del anuncio.

El resultado de la misión es la alegría, no podía ser de otro modo. Sin embargo sea un fracaso, sea un acierto, la alegría debe estar presente. Nunca debemos desalentarnos o perder la confianza en el Señor. El empuje del Reino es inalterable. Los adversarios de Dios retroceden. No existe fuerza que detenga la obra de Dios. La alegría no es fruto del “éxito” sino de experimentar el amor que Dios nos tiene, el saber que estamos en buenas manos.

Que la celebración de este domingo nos lleve a proclamar con alegría el amor que Dios nos ofrece y fortalezca nuestra fe.

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