• PRIMERA LECTURA: Lectura del primer libro de los Reyes 19,16b. 19-21. Eliseo se levantó y marchó tras Elías.
  • SALMO 15: R. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.
  • SEGUNDA LECTURA: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas  4,31b-5,1. 13-18. Vuestra vocación es la libertad.
  • EVANGELIO: Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,51-62. Te seguiré adonde vayas.

Tras la lectura del Evangelio, nos queda una extraña sensación. Jesús nos contagia una extraordinaria prisa. El Evangelio tiene que ser proclamado cuanto antes y en todos sitios. El clima de urgencia que exige la misión es un elemento que debemos tener presente para poder acercarnos a este relato.

La escena se desarrolla en un escenario samaritano. Algunos de sus habitantes quieren incorporarse al grupo. Sin embargo nos sorprende la actitud de Jesús. No es un proselitista barato o por lo menos no nos da la sensación de ser muy hábil para captar adeptos. Su intención parece rechazar más que atraer, desanimar antes que entusiasmar, desilusionar más  seducir. Una percepción adecuada nos descubre que en realidad su actitud no apaga el verdadero entusiasmo, sino que expone las grandes dificultades que la misión trae consigo. Aquellos que quieren apuntarse a una “aventura” de la que piensan obtener beneficios mirarán con recelo tales exigencias y optaran por abandonar. Sólo quien se deje arrebatar por el Reino y su búsqueda podrá hacer frente a tales exigencias, sólo quien no se busca a sí mismo y busca a Dios.

Los tres personajes anónimos que mantienen un breve pero a la vez revelador diálogo son para todos los cristianos una oportunidad de sentirnos reflejados y ayudarnos a superar nuestras limitaciones para seguir a Jesús.

Este seguimiento exige:

Vivir en la inseguridad. Disponibilidad absoluta. No es una pobreza absoluta, sino que se sacrifica por la itinerancia, por el camino, la misión. El mensaje de Jesús abarca todo el horizonte del discípulo y no puede haber nada más.

Ruptura con el pasado. Es necesario que los discípulos miren hacia delante. Anunciar el Reino y vivir el proyecto de Jesús. El discípulo debe romper totalmente con el pasado que engendra muerte y retrasa la opción. Todas sus energías deben centrarlas en la novedad del Reino y la urgencia de su anuncio. 

Decisión irrevocable. Nada de vacilaciones. No podemos jugar a dos bandas y situarnos con tranquilidad en tierra de nadie.

Todas estas renuncias, no son para hacernos desgraciados, sino para dotarnos a todos de los elementos necesarios para estar libres y bien dispuestos para anunciar a Jesús. Él es el lote y la hereda que ansiamos. Él es la fuente de la alegría. Naturalmente sólo el discípulo que haya acogido el mensaje y haya encontrado en Jesús la Buena Noticia podrá comprender que lo que deja en infinitamente menos valioso que lo que ha encontrado y quiere compartir con los demás.

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