Primera Lectura: 2 Samuel 12,7-10.13. El Señor perdona tu pecado. No morirás.
Salmo 31: Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
Segunda Lectura: Gálatas 2,16.19-21. No soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Evangelio: Lucas 7,36-8,3. Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

Tu fe te ha salvado, vete en paz

Presenciamos este domingo un bello relato. En él vamos a encontrar distintas formas de ejercer el discipulado. San Lucas recrea para nosotros una escena en la que debemos identificar nuestra forma de ser cristianos. Jesús se convierte una vez más en la voz autorizada y necesaria para poder crecer en la fe, en el servicio y en nuestras relaciones con los demás.

Jesús no rechaza la generosidad de nadie, proceda de donde proceda. Este fariseo del cual desconocemos su nombre hasta el preciso instante en que duda de Jesús como profeta, invita al Señor a comer con él.

El segundo personaje es femenino, una mujer pública y pecadora. En ella por el contrario no encontramos duda, sólo generosidad y afecto. Amor desbordante. Su cuerpo se convierte en extensión de ese amor. Sus cabellos, sus manos, labios y lágrimas forman un mosaico de gratitud que engloba al conjunto de marginados que sólo en Jesús mantienen la esperanza y la cercanía de Dios.

Junto a ellos y presidiendo la escena atemporal, Jesús describe la acción de la mujer, como respuesta al inmenso amor que ha hallado en Dios. Un Dios que acoge, ama, enseña, interpela, perdona y libera, que se deja querer y que se estremece ante nuestra ternura.

La mujer, lejos de cualquier descripción anacrónica o retorcida, es el símbolo de la persona liberada. Para un fariseo la salvación es obra del individuo, esfuerzo y sacrificio, inteligencia y tesón que adquieren notoriedad ante Dios. Es el vivo ejemplo de un mundo que busca desesperadamente la autonomía y la mayoría de edad frente a Dios, que en ocasiones se convierte en caminar contra Dios y entenderlo como rival a derribar.

En el fondo nos encontramos un mundo dividido en buenos y malos. Nos gusta hacer facciones: blanco-negro, policías-ladrones, indios-vaqueros…Dios no divide, quiere unirnos manteniendo nuestra diferencia, ganarnos a todos para el gran banquete donde nadie quede excluido. Dios no hace distinciones, acepta todo el amor y generosidad que le ofrecemos. Ojalá sea nuestra respuesta como la de la maravillosa mujer: derrochadora de amor.

La Eucaristía se convierte una vez más en el lugar maravilloso donde responder con todo nuestro cuerpo, mente y ser al Dios que nos ama y perdona. En ella nos alejamos de toda actitud farisaica pues no somos nosotros quienes invitamos a Dios, sino que es Él quien nos invita a la mesa que recrea y enamora, a la cena del Señor.
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