1 Lectura: Hechos de los Apóstoles15,1-29. Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.
Salmo 66: Oh Dios que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
2 Lectura: Apocalipsis 21,10-23. Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.
Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde

Estimados hermanos en Cristo Resucitado: Paz y Bien

El capítulo catorce de San Juan nos envuelve en un ambiente de despedida. ¿Cómo es posible? ¿El Emmanuel, el Dios con nosotros se marcha? ¿Toda la promesa de Dios se diluye? Si avanzamos en la narración nos damos cuenta en seguida que la presencia de Dios va a ser aun más intensa. Jesús anuncia y revela una nueva forma de estar con nosotros.

Jesús consuela a sus discípulos con la promesa de que volverá y se manifestará a aquellos que le aman, a los que guardan sus palabras. Su corazón no debe temblar, ni acobardarse, no se quedan huérfanos. El Padre enviará al Espíritu Santo como guía para el camino del último tiempo. Este es pues el tiempo del Espíritu Santo.

Si bien es cierto que la obra de  la salvación está realizada en la pasión –muerte - resurrección de Cristo, es preciso que cada uno de nosotros nos abramos al evento salvífico. Ésta es la tarea del Espíritu: edificar la comunidad, fundar la comunión y liberar a los hombres de considerarse a sí mismos como el centro y la norma. Nos ayuda a mantenernos abiertos a Jesús.

No podemos permanecer indiferentes al Espíritu de Dios. Debemos pedirlo para poder recordar y explicar cuanto Jesús ha dicho y hecho en su vida terrena. Este “recuerdo” nos desvela el presente y anticipa el futuro. Nos ayuda a mirar con profundidad toda la acción de Jesús.

Junto al Espíritu recibimos la Paz, no como la da el mundo, fruto de pactos y condiciones tan frágiles como interesadas. La paz del mundo es sólo una clausula molesta e insignificante que en cualquier momento se puede eliminar. La paz no es algo que se moldea o es fruto de decisiones. La Paz que necesita el mundo es la que regala Dios, es su misma persona, es Jesucristo mismo ofrecido a toda la comunidad.

Dios nos capacita para ser capaces de amar, de abrirnos más a su misterio, en definitiva de hacernos más seres humanos. Cuando el hombre se acerca a su creador, es cuando recupera su verdadera naturaleza. Los cristianos cada Domingo tenemos la ocasión de recibir su paz, de conocer su Palabra y alimentarnos con la fuerza que nos proporciona su alimento. Así podemos conocer su voluntad y cumplirla. De esta manera nos sentimos hijos y a Él le reconocemos como Padre.

Que Dios les bendiga
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