Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 5,12-16. Una multitud de hombres y mujeres se incorporó al número de los que creían en Jesús.
Salmo 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Segunda Lectura: Apocalipsis 1,9-19. No temas: yo soy el primero y el último, yo soy el que vive.
Evangelio: San Juan 20,19-31. Tomás, no seas incrédulo sino creyente.

El evangelio de San Juan se torna diáfano más con signos que con palabras. Este relato de la aparición de Cristo a los diez apóstoles y luego a Santo Tomás debe llevarnos a poder realizar como el discípulo, en principio incrédulo, aquella maravillosa confesión de fe que la liturgia ha recogido: “Señor mío y Dios mío”.

Podríamos lanzar una mirada condescendiente hacia los discípulos de Jesús e intentar comprender en qué situación nos encontramos. Seguramente nos sorprenderíamos al comprobar lo familiar que nos resulta aquella escena. ¿Cuántas veces como los apóstoles, estamos encerrados por miedo a los hombres?  Sin Cristo, nuestra vida puede resultar un total aislamiento. Necesitamos su presencia, abriendo ventanas y puertas para que podamos salir a testimoniar una verdad que no nos cabe en el cuerpo, que no nos pertenece y que tenemos el deber de proclamar: En la resurrección de Cristo, el futuro se ha hecho presente.

Jesucristo ha cumplido las promesas. Todas las referencias al novedoso encuentro se han realizado (Juan 14,18; 16; 16ss; 20,19). Nuestro corazón debe pues alegrarse y deshacerse de dudas. Ha venido para quedarse, si bien su presencia es distinta, no se ha olvidado de los suyos. Es más, su presencia entre sus discípulos es aún más plena y profunda. De esta manera los ha liberado del miedo que experimentan y los envía a continuar su misión, para lo cual les comunica el Espíritu. La comunidad cristiana se realiza alrededor de Jesús que está vivo y presente, crucificado y resucitado.

La segunda referencia que realiza el evangelista es la incredulidad de Tomás. Es un personaje muy interesante porque refleja muy bien a aquel que no hace caso del testimonio de la comunidad, ni percibe los signos de la nueva vida que en ella se manifiestan. Es el hombre pragmático que ignora la auténtica realidad porque sus sentidos se han convertido en su principal obstáculo.

La presencia del resucitado no ha dejado de repetirse desde aquel día. Los cristianos cada domingo tenemos la oportunidad de dejarnos embriagar por su palabra y saciar nuestro “apetito” espiritual con su cuerpo. También como aquella vez, nos reunimos en comunidad para cobrar fuerzas y aliento en nuestra misión.  

Una vez más podemos alcanzar junto a aquellos primeros discípulos el don de su paz, el aliento de vida que infunde su Espíritu y la experiencia del perdón por nuestras muchas infidelidades y traiciones.

Hoy todos somos enviados para volver nuestra vida a Cristo resucitado. En nuestras asambleas litúrgicas podremos encontrar la alegría de su presencia. Vivamos pues con alegría y sembrémosla a nuestro alrededor.

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