Procesión: Lucas 19,28-40. Bendito el que viene en nombre del Señor
1 Lectura: Isaías 50,4-7. No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Salmo responsorial: Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado.
2 Lectura: Filipenses 2,6-11. Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Evangelio: Lucas 22,14-23,56. Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

Vamos a comenzar un tiempo excepcional en el itinerario litúrgico: El Domingo de Ramos viene a ser como el pórtico que inaugura  los últimos momentos de la vida de Jesús y el momento cumbre en la historia de la salvación: la Resurrección.  Para todos nosotros no es un mero recordatorio, o una simple recreación de aquellos acontecimientos. Tienen una vigencia actual, sacramentalmente presente y eficaz, de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

La Semana Santa que culmina con el triunfo Pascual, se abre con el episodio de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén.  La liturgia nos invita a unirnos a ese grupo que aclamaba con cantos y agitando palmas al Mesías que entra triunfante en la ciudad santa de Jerusalén. Nuestra presencia pues, no es la de meros observadores, no somos espectadores indiferentes que movidos por la curiosidad se acercan a aquello que les estimula. Nuestra presencia debe ser activa, este es un esfuerzo que debemos realizar y que ya comenzamos al inicio de la Cuaresma. No es algo ajeno, que le pase a otro. Es en nuestra propia carne donde debemos interiorizar los momentos amargos y esperanzadores que nos ofrece Jesús.

Debemos pedirle fuerzas en este momento, para que nuestra alegría y alabanza se prolongue en el tiempo y no sucumba al menor contratiempo. Solicitar energías y valentía para poder resistir con fe y no traicionar nunca a quien tanto no ama.

No seamos los que se lavan las manos, los cobardes que afirman no conocer a Cristo, ni tampoco sus verdugos o aquellos que se deleitan haciendo sufrir. Nuestra oración profunda y confiada nos ayudará a vencer la tentación “porque el espíritu es fuerte pero la carne es débil”.

Desestimemos caducos esquemas de falsos triunfalismos y victorias que nadie desea y centrémonos en esta hermosa y verdadera entrada triunfal de Jesús. El relato de Lucas a través de los gestos narrados y signos empleados nos transmiten una imagen de un  Mesías humilde y pacífico.

Jesús hace su entrada en Jerusalén, no con el aire triunfal de los vencedores sino en son de paz, con la sencillez del Rey/Mesías que viene a servir a su pueblo sin emplear para nada el poder y la violencia. Eso es lo que significa el “entrar montado sobre un borrico”, en vez de hacerlo sobre un caballo, como los príncipes y generales de todos los tiempos. Con su gesto profético, Jesús se presenta como el Mesías pacífico y humilde de Zacarías 9,9-10.

Este hermoso texto nos invita a revivir aquella preciosa escena que duraría tan poco. Sintámonos parte de aquella muchedumbre que experimentó la liberación. Contemplemos a Jesús, escuchémosle. Que sus palabras encuentren eco en nuestra vida y se prolonguen para siempre.

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