PRIMERA LECTURA: Lectura del libro del profeta Isaías 43,16-21
SALMO 125: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
SEGUNDA LECTURA
: De la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3,8-14
EVANGELIO
: San Juan 8,1-11

La liturgia de la Palabra de este quinto Domingo de Cuaresma comienza con las palabras del profeta Isaías animando a no estancarnos en las cosas pasadas y a poner atención en las cosas nuevas. Nos exhorta a un futuro esperanzador que se está fraguando ya en el presente: “No recordéis las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo. Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis? Trazaré un camino en el desierto, senderos en la  estepa”.

El evangelio va a profundizar en esta idea invitándonos a cambiar de rumbo. Con el perdón total de su pasado y una exhortación hacia el futuro Cristo devuelve a esta pecadora pública su verdadera dignidad de ser humano: hija de Dios.

En Israel, el adulterio era tenido por delito público y falta contra lo prescrito por Dios. La Ley lo castigaba con la muerte, tal como aparece en el Levítico 20. Pero la tradición y las costumbres hicieron de esta ley, como de tantas otras, una interpretación  parcial. Así el adulterio del hombre casado sólo era tal si tenía relaciones con una mujer casada, pero si ésta era soltera, esclava o prostituta, no se consideraba como adulterio su falta. Para la mujer casada, bastaba que tuviera relaciones con cualquier hombre.

Apelando a esta ley, los adversarios de Jesús intentan tenderle una trampa. No les importa  la mujer en absoluto, para ellos es un instrumento de su lamentable plan. No busca ni su bienestar, ni les preocupa el delito. Lo único que buscan es como acabar con Jesús. Frente a estos hombres sin entrañas, podemos encontrar el verdadero rostro de Dios en su hijo Jesucristo. A Dios si que le importa esta mujer y no acabará la escena hasta que ella quede libre de todo lo que la encadena: su pecado y su pasado. Jesús abre para ella un amplio horizonte desenmascarando a  aquellos que no dudan en utilizar a los demás para servirse de ellos y sacar provecho en sus propios intereses: los “letrados y fariseos” de la historia.

Que triste es observar de vez en cuando que nuestro comportamiento se antoja tan destructivo como el de estos hombres sin corazón: cuando estamos pendientes de la vida y pecado de los demás, cuando hacemos preguntas capciosas para comprometer, cuando nos conformamos con ser  externos cumplidores de todas las practicas religiosas, cuando nos convertimos en jueces y verdugos, cuando pedimos benevolencia para nosotros e intransigencia para los demás, cuando hacemos leña del árbol caído… ¡Qué distinta la actitud de Jesús! , El inocente que no condena a la mujer pecadora y que morirá condenado en la cruz para expiar nuestros pecados.

Este texto ubicado en contexto cuaresmal nos invita a no olvidar nuestra condición de pecadores y eliminar de nuestra vida la condición de jueces. Asimismo nos invita a acoger a los demás tal y como Cristo lo hizo: en vez de condenar al pecador, lo acoge para que se rehabilite. Abandonar las actitudes acusatorias y obrar siempre con misericordia.

Que el Dios de la misericordia llene nuestros corazones con su bondad
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