Primera Lectura: Libro de Josué 5,9a. 10-12
Salmo
33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura
: Carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5,17-21
Evangelio
San Lucas: 15,1-3. 11-32

La primera lectura nos evoca otra etapa de la historia de la Salvación: Dios cumple sus promesas y da al pueblo la Tierra Prometida. La segunda lectura nos explica cómo Dios nos perdona: por medio de Cristo, que se ha solidarizado con nosotros y nos ha metido en su corazón. Ya somos parte suya. El Padre sólo nos ve en el corazón de Cristo y en él nos acepta. Tarea nuestra es ratificar lo que Jesús ha hecho por nosotros, pidiendo perdón y aceptando la transformación del corazón que se nos ofrece, dando a conocer esta reconciliación radical a los demás.

El evangelio nos ofrece una hermosa parábola conocida comúnmente como la del hijo pródigo. Esta parábola está centrada en el amor misericordioso del Padre, principal personaje, que invita a su casa al hijo libertino y al hijo cumplidor pero con corazón fariseo. El contexto de la parábola es una exhortación a los fariseos para justificar su oferta de perdón.

La ley judía preveía que el hijo más joven recibiría un tercio de la fortuna de su padre (Dt 21,15-17). Y aunque la división de las propiedades del padre podía hacerse en vida, los hijos no accedían a la herencia hasta después de la muerte del padre (Eclo 33,20-24). De esta forma el relato ya nos muestra al Padre con unos rasgos de inmensa bondad que supera con mucho la actitud de cualquier padre normal.

Si bien es verdad que el Padre es el principal personaje, no podemos olvidar a sus hijos, tanto el menor como el mayor se presentan ante nosotros como representantes de una humanidad dividida y que se sitúa lejos del Padre. Es una buena ocasión para  situarnos y ver a quién nos parecemos más, al mayor o al menor. La conclusión no debe dejarnos satisfechos y debemos dejarnos iluminar por el Padre, que es a quien realmente debemos parecernos.

San Lucas nos invita a reconocer los pecados y volver al Padre misericordioso que siempre nos espera y desea que demos frutos (Domingo anterior).  Una actitud humilde que reconozca la fragilidad de nuestra vida y el pecado que hay en nosotros nos alejará de una perspectiva farisaica que en muchas ocasiones nos impiden recibir el perdón.

En esta cuaresma, no podemos perder la oportunidad de conocer mejor a Dios y a nosotros mismos.

Como trasfondo de esta exhortación al perdón, emerge la alegría que debe impregnar toda la vida cristiana y que es el resultado del feliz encuentro de hombre con Dios.

Que esta alegría a la que se nos invita en este cuarto Domingo de Cuaresma inunde nuestros corazones.

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