PRIMERA LECTURA: Lectura del libro del Éxodo 3,1-8
SALMO 102. R. El Señor es compasivo y misericordioso.

SEGUNDA LECTURA
: Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10,1-6
EVANGELIO
: Lectura del santo evangelio según san Lucas 13,1-9

Algunas veces me pregunto cuál es la imagen que tenemos de Dios. Sin la intención de generalizar, me gustaría analizar algunas expresiones que manifiestan que todavía tenemos que recorrer mucho camino en esto de la madurez cristiana.

En ocasiones uno tiene la triste oportunidad de escuchar palabras como estas: “Dios te va a castigar” o incluso peores “Dios le ha castigado”. A veces es la propia persona ante una situación dramática la que eleva un grito al cielo “Qué he hecho para que me trates así”. De alguna manera presentimos que Dios se comporta con nosotros como si de un tirano se tratase que de forma arbitraria compone un oscuro plan para hacernos sufrir.

Por supuesto que toda la historia descansa en Dios y nada de lo que acontece escapa a su poder, pero de aquí no debemos deducir que su Presencia es la de un mero observador distante e indiferente que al igual que un investigador contempla impasible como las ratas del laboratorio agotan sus energías para salir de un imposible laberinto.

Las situaciones que nos producen dolor no debemos interpretarlas como castigos de Dios. Por el contrario ellas pueden ayudarnos para vivir la vida con mayor profundidad. Asumirlas con paz las vivencias y reflexionar sobre ellas pueden abrir nuestros ojos a los elementos caducos de nuestra vida y abrir horizontes nuevos.

El evangelio de este tercer Domingo de Cuaresma prolonga la llamada a la conversión que se nos dirigiera hace dos Domingos. El evangelio denuncia una excusa de tipo fariseo para evitar la conversión: las desgracias físicas son castigos de Dios; si no “soy castigado”, es que no soy pecador. Todos somos pecadores y hemos de convertirnos. A todos se nos da un plazo urgente para la conversión.

Esta urgencia de conversión se entremezcla y complementa  con la paciencia y bondad de Dios que este evangelio nos muestra con esa hermosa parábola de la viña. Dios espera que demos también frutos. Con el mismo cariño que el jardinero cuida y se preocupa de la viña, así Dios actúa con nosotros. Su bondad no debe llevarnos a una confianza absurda y engañosa de que Él perdona todo. Su bondad y paciencia es una llamada a transformar con su ayuda nuestra vida.

Si nos convertimos al Señor, el mal, el dolor y la muerte serán camino hacia el misterio, hacia la vida de Dios que ya tenemos.

Todo esto naturalmente no parte de un esfuerzo meramente voluntarioso, sino que requiere la imprescindible ayuda de Dios: su gracia. Pidamos desde aquí que el Señor nos conceda fortaleza y sabiduría para orientar nuestra vida hacia su Presencia.

Que Dios les bendiga
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