1 Lectura: Miqueas 5, 2-5a: “De ti saldrá el jefe de Israel”
Salmo 79: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”
Hebreos 10, 5-10: Hebreos 10,5-10: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”
Evangelio: San Lucas 1, 39-45: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

Este domingo inmediato a la Navidad, la liturgia nos presenta la delicada y deliciosa escena de la Visitación de la Virgen.  Nos encontramos a una mujer sencilla escogida por Dios que es capaz de olvidarse de sí misma y salir al encuentro de aquella que la necesita.  Es el primer efecto de la encarnación y de la presencia de Dios en su vida, en su vientre.  Actúa como verdadera profeta que porta en su propio ser la nueva arca de la Alianza.

En el encuentro, en la visita que Dios prolonga y hace efectiva desde la vida de María, el Señor contagia de alegría toda la realidad. Isabel responde presa de la alegría mesiánica junto con la criatura que lleva en su interior y con ella enseña a la humanidad a reconocer que, a través de María, el Señor ha venido a nosotros.

Toda la narración rezuma alegría. Los signos de los tiempos mesiánicos son la alegría, junto con la paz y la justicia. La presencia de Dios inunda la tierra. Isabel habla llena del Espíritu Santo y con todas sus fuerzas. Isabel bendice a María y a su criatura, la alaba por su fe. María ha creído. Lucas presenta a María como la primera creyente.

En un mundo que se esfuerza por creer mentiras que provienen de falsos mesías, en un país que rechaza la alegre noticia del nacimiento de Cristo y se empecina en lúgubres noticias como el exterminio de inocentes es cada vez más necesario dejar que María nos visite y se nos alegre la vida, la existencia. Escucho a menudo en estos tiempos difíciles como nos invitan a reír desde los medios de comunicación para contrarrestar las dificultades, que es sano, psicológicamente adecuado. No necesito reír, necesito esperanza, necesito verdadera alegría. Necesito a Dios y El viene a visitarnos cada día.

Hemos escuchado los anuncios inminentes a la venida de Dios en la carne durante todo el Adviento. Faltan escasos días. Toda la liturgia rebosa entusiasmo y alegría contenida. Se va concretando en el tiempo y en el espacio la llegada del Señor. Termina la espera y se abre el encuentro. Las cuatro velas de la corona de Adviento han sido encendidas, pero la pregunta es ¿están realmente nuestras lámparas encendidas? Ojalá que si. No es un gesto que provenga del azar o nos pille desprevenidos, junto con María, con la urgencia que la reclama en el pasaje de hoy pidámosle que encienda en nosotros aquellas velas de la fe, el amor, la esperanza y la oración. En la celebración de este domingo desde el seno de la Iglesia y en la Eucaristía, pidamos a Dios que nos enseñe a ser potadores de la Buena Noticia del Evangelio y a llevar a Jesucristo a los demás como María.

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