1 Lectura: Baruc 5,1-8. Dios mostrará tu esplendor.
Salmo 125: El Señor bendice a su pueblo con la paz.
2 Lectura: Filipenses 1,4-11. Que lleguéis al día de Cristo limpios e irreprochables.
Evangelio: Lucas 3,1-6.

“Todos verán la salvación de Dios” (Lucas 3,1-6)

         Juan Bautista fue un profeta inspirado, que rompió el largo silencio mantenido durante siglos desde los días del profeta Malaquías. Al igual que Malaquías en el capítulo 4 termina con una referencia  a la venida de Elías, el cual tendrá como misión advertir a Israel del día del juicio. La era del Nuevo Testamento se abre con la voz de Juan que grita esta advertencia como si fuera Elías: “Preparad el camino al Señor… y todos verán su salvación” (Lucas 3,4-6).

         La significación capital de este acontecimiento se ofrece en Lucas 3,1-2 con una insólita datación “triple”. En primer lugar, Lucas da las fechas romanas. Ya que todo el mundo mediterráneo contaba los años según los emperadores romanos, se nos informa de que era “el año quince del reinado del emperador Tiberio”. Después Lucas menciona a la autoridad romana local, Poncio Pilato, que fue gobernador de Judea del año 26 al 36 d.C.

         Luego vienen los gobernantes nativos de las regiones donde tuvo lugar la mayor parte de la actividad de Jesús: Lucas menciona a dos hijos de Herodes el Grande: a Herodes Antipas, “tetrarca” de Galilea, y Filipo, tetrarca al otro lado del río Jordán en las regiones montañosas de Iturea y Taconítide. Finalmente, Lucas menciona  a Anás y Caifás, jefes de los sacerdotes de Jerusalén. Los judíos piadosos contarían los años según los reinados de dichos sumos sacerdotes. De esta forma Lucas ha proporcionado a sus lectores una datación de tres categorías realmente insólita, como quisiera que todos supieran bien cuándo comenzaron estos grandes acontecimientos.

Es en este contexto donde tiene lugar la presentación de Juan, para significar con ello que la salvación de Dios tiene lugar en nuestra historia concreta y valiéndose de personas encarnadas en ella. El Espíritu unge a Juan como profeta en el desierto. Juan cumple las profecías, revelando así la fidelidad de Dios e invitando a la esperanza. Juan predica la conversión. Su oferta de salvación tiene carácter universal.

Nosotros los cristianos, encontramos en el profeta Juan una importante clave para nuestra vida y una hermosa tarea que aun debe realizarse con entusiasmo: “Preparad el camino al Señor”. Debemos ser instrumentos de las promesas de Dios y entusiastas colaboradores del cumplimiento de sus promesas en nuestro mundo concreto. No podemos olvidar que la salvación histórica y escatológica implica nuestro esfuerzo.

         Que Dios nos conceda la fuerza para poder realizar esta hermosa tarea con amor.

         Que Dios les bendiga.
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