Jn 2,1-12: "En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos".

 

Cuando San Juan nos habla en su evangelio de las obras  que hacia Jesús, no las llama milagros, sino que habla de signos. No quiere el evangelista que nos entretengamos en lo portentoso y si que penetremos en el sentido profundo que el milagro quiere anunciar. Hoy nos encontramos con el primero de esos signos que Jesús hace, y que San Juan pone mucho esmero en relatar: las bodas de Caná. En este signo tenemos un anuncio y síntesis de toda la actividad de Jesús: comienza el tiempo de las bodas de Dios con la humanidad por medio de Jesús y por intercesión de la Virgen María.

Ya el profeta Oseas había descrito las relaciones entre Dios y se pueblo en clave matrimonial. De hecho la primera lectura de este domingo nos habla de Jerusalén como una novia que ha dejado de estar "abandonada" y ahora es escogida por Dios para el matrimonio. Estos desposorios de Dios con la humanidad, que los profetas anunciaban, se hacen vida en Jesús; en Él Dios ha hecho una alianza para siempre con su pueblo, alianza que va a ser sellada de forma irrevocable en la sangre de Cristo que se entrega en la cruz.

Lo importante, pues, en el evangelio de hoy es que Jesús cambia el agua, que servía para las purificaciones de los judíos, por el vino, realidad que, como hemos dicho, va a asociar a su propia vida y que se entrega por amor. Lo que realmente purifica y salva ya no es algo externo como el agua, lo que verdaderamente nos pone en el camino de Dios es el amor de una vida que se entrega en la cruz. Experimentar ese amor de Dios en nuestra vida y  hacerlo cercano a los pequeños, a los enfermos, a los que caminan en la soledad, sienten el peso de la vida, a los que tienen necesidades de cualquier tipo...es seguir derramando el vino de la salvación en nuestro mundo.  No es superficial en este pasaje la intervención de la Virgen María. Ella aparece aquí como la que intercede; como aquella que ha percibido el vacio, el cansancio y la soledad en el hombre, y le pide a su hijo que adelante el momento de su hora, que se anticipe a derramar la vida y la salvación a quien la busca y necesita. Así el gran milagro no es que Jesús cambie el agua en vino, sino que cambie la fragilidad y el pecado del hombre en vida y salvación. El Reino se hace presente.  

         Nos cuentan los Evangelios que en la noche en que Jesús se reunió con sus apóstoles para celebrar la cena de pascua dio un nuevo sentido a aquellos gestos. El Señor identificó el pan con su vida que se entrega y el vino con su sangre que se derrama y que se convierte en el fundamento de la nueva alianza. El mismo Señor interpreta su muerte no como un fracaso, sino como una entrega, como un acto de amor.  La bodas de Caná nos dicen que el sentido de la cruz es el mismo que preside toda la vida de Jesús; ésta no fue otra cosa que un acercar el amor de Dios a los hombres, hacer posible que el pecado del hombre pudiera ser sanado por la misericordia de Dios.

                                                             

                                                              Francisco Sáez Rozas

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