Es frecuente hablar en nuestra sociedad de lo "que es políticamente correcto", esto es, decir aquello que otros esperan escuchar  porque se amolda al sentir de la sociedad sin cuestionarla, aunque no responda a lo que queremos expresar. En definitiva, es la tentación de querer adaptar lo que pensamos a lo que otros esperan escuchar para no caer al margen del pensamiento colectivo, que tiende a unificarse.  De algo de eso nos hablan las lecturas de hoy. Una cosa  une a los protagonistas de la palabra de Dios de este domingo: tanto el profeta Jeremías como Jesús experimentan el rechazo por parte de aquellos a los que son enviados.  Sin duda son conscientes de que sus palabras no van a ser bien recibidas, porque no bendicen el modo de pensar de todos, más bien es al contrario, delatan las tibiezas y pecados de quienes les escuchan. No obstante, a pesar de estas dificultades, en sus vidas se hace realidad aquellas palabras del salmo "mi boca pregonará todo el día tu fidelidad".

         El domingo pasado, San Lucas nos presentaba el programa de lo que iba a ser la actividad misionera de Jesús. Él venía a decir que las esperanzas del pueblo en la intervención de Dios se hacían realdad en su persona. Es el enviado de Dios para comunicar su predilección y amor por los más pequeños y desfavorecidos En un primer momento todos asienten y se sienten admirados por sus palabras. Pero hay algo que les retiene. Ellos reconocen el humilde linaje de Jesús. Y no les encaja alguien que anuncia con autoridad un mensaje de salvación y liberación con sus humildes orígenes. El gran problema es que no son capaces de ir más allá de las apariencias, para descubrir en la humanidad de Jesús  toda la fuerza salvadora de Dios..

         Posiblemente hoy nos es fácil señalar aquel error en los paisanos de Jesús, sin reflexionar que nos puede pasar algo similar. A veces estamos empeñados en buscar a Dios en los grandes acontecimientos y situaciones de la vida, y nos pasa desapercibida su presencia en la "humanidad" de las cosas pequeñas. Nos faltan ojos de fe, para ir más allá de las apariencias y poder encontrar toda la fuerza de Dios que sigue actuando en la cotidianidad de las cosas sencillas. Es posible, que si el Mesías se hubiera mostrado de modo majestuoso, con mucha parafernalia y tambores, se le hubiera escuchado. Pero decepciona descubrir que era uno más, el hijo del carpintero. Es la pedagogía de Dios, su presencia siempre es desde lo sencillo y cotidiano. Esta es una preciosa enseñanza del evangelio de este domingo: hay que descubrirle en los entresijos de la vida de cada día, no esperar a lo excepcional.

         El Señor, también hoy está en los de corazón sencillo y mirada limpia, y desde allí permanentemente nos sigue recordando esa misión "anunciar la buena noticia a los pobres". Ojala le reconozcamos cercano y no banalicemos su presencia, sino que hagamos de lo pequeño y humilde "sacramento" de la presencia de Dios.

                                                                                                                                            Francisco Sáez Rozas

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